miércoles, enero 03, 2007

Hamlet de William Shakespeare


El nacimiento de la personalidad y
el arte de la muerte
Una lectura de “Hamlet” de William Shakespeare
Por Diego Alfaro Palma

Ante todo debemos pensar en un William Shakespeare atormentado una noche de 1604, rondando el Globe Theater, incapaz de controlar sus nervios o en su defecto sereno como cualquiera de los ciudadanos que repletaban las butacas. Lo que se presentaría aquella noche era más que una obra de Marlowe o de Johnson, y eso precisamente pudo haber sido la gran complicación para el actor de Hamlet; la verdad es que aquel personaje no se adecuaba a ninguna de las reglas generales del teatro clásico y superaba, infinitamente, a tantos otros personajes de la literatura universal. Si es que Shakespeare sintió miedo antes del comienzo de la función pudo haber sido por la conciencia de haber creado a un “ser humano hecho de palabras”, un ser tan complejo como la vida misma, contradictorio, profundo y sobre todo reflexivo.
“Ninguna obra teatral ha comenzado jamás en un tono más alto”[1] dirá su crítico Jhon Wain con un entusiasmo que no deja de ser una experiencia común a esta obra. Que Hamlet se haya convertido en un paradigma para la historia de la humanidad no deja de ser un dato ajeno a la hora de ahondar en su personaje; lo que Shakespeare otorga a su protagonista es una profundidad psíquica abismante, un ser de una inteligencia tal que supera todo canon de lo humanamente conocido. Sumido en la melancolía por la pérdida de su padre y el pronto matrimonio de su madre, el príncipe vagabundea por los pasillos de su mente, desnudando con una actitud mordaz toda preconcepción del sentido de la existencia. No sólo es la autoconciencia de sí mismo lo que lo caracteriza, sino la conciencia exacerbada de la muerte.
Su lectura siempre nos parecerá algo novedoso. Hay algo dentro de sus palabras que desenmascara la multitud de los días y claramente hoy, arremete con uno de nuestros defectos sociales más complejos: la consideración de la muerte como un tabú. Y qué es sino Hamlet una secución se tantas e inolvidables muertes, tanto dentro de la obra como las que nos permite deducir. Un personaje olvidado a su propia suerte, con el mandato de un fantasma de cobrar venganza y un círculo de nobles que por más que se esfuercen no pueden ahondar en los pensamientos de un príncipe que vive en carne propia la corrupción de los valores y las relaciones humanas.
Quizá su más alto hermeneuta, Samuel Johnson, dio en el centro del problema planteado por Shakespeare: “impugnó implícitamente la concepción trascendentalista de la realidad”[2]. Es decir, que el despojo de la presencia divina –particularmente en esta obra- proveyó a nuestro dramaturgo de un espacio para el análisis concienzudo de la contradicción humana. El hombre por el hombre en su conflicto esencial: el de saberse un ser pensante. Y en ese intersticio entre la realidad y el pensamiento es donde libertad se enfrenta a la incertidumbre del sentido. Todo esto a la vez sumado al miedo por el pecado y a la condenación, a la duda por esa otra vida prometida, que para el mismo Hamlet, más allá de ser símbolos de la evidencia de una providencia, son síntomas del horror tan humano a lo desconocido, el mismo horror que sentían los griegos al observar las estrellas.
“Ningún otro protagonista de Shakespeare nos invita a una identificación tan completa. Al hablar de Hamlet hablamos siempre de nosotros mismos”[3], al tiempo que nos cuestionamos por cualidades tan superiores al del humano común que demuestra en la obra. Ya no es el personaje lineal e impulsivo de Ulises, ni como el tímido Dante ni el trágico Edipo, sino un alto intelecto asolado por las circunstancias, en una soledad dramática y contemplativa de su propia realidad. Es uno de nosotros a la vez que un guía en el desolado paraje de la existencia.
Este ensayo tiene por propósito sumergirse en las palabras y acciones del Príncipe de Dinamarca, de acercarse desde su antitético ser a situarlo como un hito en el nacimiento de la personalidad y de la subjetividad en Occidente, intentando responder desde su ánimo melancólico a esa verdad invariable que lo hace ser el embajador de la muerte, un escenario para la tragedia de la personalidad y sobre todo un modelo del hombre moderno.



El nacimiento de la personalidad

Quizá quien mejor haya reflexionado sobre este asunto es Harold Bloom en su libro “La invención de lo humano”. En el nos dice: “Lo que inventa Shakespeare son maneras de representar los cambios humanos, alteraciones causadas no sólo por defectos y decaimientos, sino efectuadas también por la voluntad, y por las vulnerabilidades temporales de la voluntad”[4]. Es decir, que logra configurar personajes que parecieran tomaran vida fuera de la obra, superándola, y desarrollandose en el entablado más que como entes representativos, como verdaderos espejos de sus espectadores. Un trabajo que según el mismo Bloom le tomó más de diez años en la formación de las maneras y singularidades del personaje Hamlet. Y probablemente, siguiendo las mismas ordenes de su protagonista en el momento de dar las indicaciones a los cómicos, Shakespeare logró adaptar “la acción a la palabra y la palabra a la acción, cuidando de no traspasar la sencillez de la naturaleza”.
Pero el lector atento inmediatamente se dará cuenta de la contradicción existente en superar la condición humana y la de “no traspasar la sencillez de la naturaleza”, pues bien, sin adelantarme lo suficiente, podría decir que el mismo personaje de Hamlet a pesar de escapar superlativamente a lo conocido como humano, existe en él un ánimo trágico que lo envuelve, que lo hace poderosamente más autoconciente de su ser, condición que no escapa a lo humano, pero que muestra su esencia en la más completa desnudez.
Al fijar la subjetividad en el personaje de Hamlet, Shakespeare no escapa a las consideraciones de su época. Debemos entender el giro antropocéntrico que lentamente se va avizorando desde fines de la Edad Media hasta su cumbre en el Renacimiento y la vuelta a los modelos clásicos. La independencia del genio de los cánones monásticos, surtió al hombre de los siglos venideros de grandes universidades y connotados humanistas. La avanzada del conocimiento científico progresivamente se abría paso en las altas ligas intelectuales, siendo los hitos de Galileo y Copérnico los más revolucionarios para los tiempos en que aún se creía en la Tierra como centro del Universo y a los demás planetas meras esferas de éter. Los nuevos descubrimientos geográficos ampliaron los márgenes de la limitada cáscara de nuez que representaba Europa.
Es el gran comienzo de la liberación de los espíritus. El destino feudal se obsoletizaba y en las nacientes ciudades comenzaban a vivir un intercambio cultural importantísimo; hacia el Este un hombre llamado Martín Lutero, en la misma universidad de Hamlet (Wittenberg), clavaba las 95 tesis que llamaban a la libre interpretación de las Escrituras; en el Sur sabios del caído Imperio Romano de Oriente buscaban refugio, al tiempo que el estudio del ser humano parecía cada vez una labor más inherente a las materias del intelecto. Mientras el hombre surcaba grandes océanos también surcaba la inmensidad de su pensamiento.
El mismo Hamlet es un príncipe instruido e interesado profundamente en las variables y las posibilidades de la existencia. Su duda escatológica no remite a la pregunta escolástica, de hecho, no figura la presencia de una trascendencia como antecedente, sino que se sitúa en la propia subjetividad y en cómo el pensamiento entorpece la acción, de cómo la conciencia “hace de todos nosotros unos cobardes”. Es decir, el punto de partida tanto de Hamlet como de Shakespeare es lo esencialmente humano: un ser de carne y hueso (flesh and blood), que piensa, que se las tiene que ver con otros y que está abandonado a actuar o no frente a los acontecimientos forjando así su destino.
“Shakespeare se hizo único representando a otros humanos. Hamlet es la diferencia que Shakespeare logró alcanzar”[5], nos dice Bloom advirtiendo que el joven príncipe termina siendo para el espectador un degradé de todas las emociones humanas. Es decir, lo logrado en el personaje es la configuración de una personalidad antitética que dirime siempre a favor de lo inesperado, esto pues al no estar encausado su pensamiento en una linealidad sino en una profundidad psíquica insondable. En un momento se nos puede mostrar acongojado por los pesares de los acontecimientos para luego mostrarse irónico y mordaz con sus semejantes; puede dedicarle hermosos versos a su amada para luego increparla –al sentirse traicionado- y enviarla a un monasterio (“get thee to a nunnery”); como también puede mostrarse como un verdadero hervidero de sabiduría, dirigiendo una obra de teatro, aconsejando a los actores, recitando enormes parlamentos, para luego mostrarse en la total demencia tras haber asesinado a Polonio. “Haber inventado nuestros sentimientos es haber ido más allá de nuestra psicologización”[6].
No deja de ser sorprendente que un hombre en la situación de Hamlet, expuesto a la verdad revelada por el fantasma de su padre, pretenda envolver su personalidad con la vestimenta de la locura. Esto no sólo significa que dentro de la obra el personaje esté actuando una personalidad enferma, situación que no deja de ser cierta y extremedamente interesante, pero que también nos refiere a la capacidad que posee de escindirse de su temple anímico para adoptar una careta y así conducir sus propias emociones frente a quienes siente como confabularios. Sin duda una alternativa agotadora para cualquier ser humano, que de hecho le llega a jugar malas pasadas, pero que retroalimenta y a la vez supera la mera condición de ser a partir de la propia experiencia, sino además de superar esa condición interponiendo en su pensamiento una personalidad otra, o al menos el extremo más oculto del personaje. Un personaje que decide personificarse.
Pero no sólo la exacerbación de su subjetividad le viene de su complejidad “psicológica”, sino también de ser Hamlet un punto de irradiación en la obra. Apoyo sin duda alguna la opinión de John Wain que dice: “Conforme avanza la obra, ocurren escenas cada vez más deslumbrantes e inolvidables que tiran hacia fuera, desde el centro, no hacia él. Al final nadie puede decir cuál es este centro, salvo que debe ser algo que concierne a Hamlet”[7]. Si leemos bien la obra nos daremos cuenta de que no hay momento en que la acción no gire en torno a Hamlet, incluso cuando él no está en escena. Algo tan personal como la despedida de Laertes de su padre y hermana termina en un sermón a esta última sobre los deberes y derechos que limitan al príncipe. La multiplicidad de sucesos dispersan el eje de acción hacia distintas aristas; esto es evidente cuando comenzamos a enumerar los problemas que aquejan al principio de la obra a Hamlet y con los que carga hacia el final. Todo va recayendo lentamente en él a partir de sus propias acciones; la locura de Ofelia se debe a sus palabras, la ira de Leartes se debe a su desatada acción, su exilio por el develamiento en la Ratonera de la verdad. Y la obra va perdiendo su centro a medida que el mismo personaje va perdiendo su centro, algo que es tan cierto como la imposibilidad de hablar sobre los demás personajes sin toparse en mayor o menor medida con la existencia de su protagonista. Por más que ellos deseen no podrán comprender el móvil de su acción, su insondable tristeza, porque aquella verdad que lleva atada al cuello no puede ser sino ese centro que por los mismos acontecimientos que lo afectan va variando en su manifestación. Poseer esta verdad es para Hamlet ser el portador indefectible de la verdad de la obra, y aún más allá, de la verdad de la vida: la muerte.
El monólogo es otro de los móviles de la expresión de su subjetividad. Su profundidad psíquica y emotiva la conocemos finalmente –alejada de la ironía con la que responde a los demás personajes- en esos momentos de soledad plena. Cuando está solo duda, se recoge sobre sí para encontrar alguna palabra, una guía a su acción. Y no existe para Hamlet más guía que él mismo, su pasado, en el que se desenvuelve tanto lo vivido, lo leído y lo escuchado, efectos que de una u otra forma están determinados por ejemplo de persona que fue su padre. Que todo esté podrido en Dinamarca refiere a que no todo es como antes, y lo cierto es que es en esos monólogos es en donde se desnudan sus propósitos en la tarea inalcanzable de proteger la verdad y liberarla. Salvo Hamlet el único personaje que está envuelto en el discurso autorefencial es Claudio y específicamente en la escena en que se arrepiente de sus pecados. Ambos, tan distintos, separados por la distancia de una venganza, se reconocen ante sus posibilidades.
“Tal es la más grande invención de Shakespeare, la persona interior que no sólo es perpetuamente cambiante sino también perpetuamente creciente”. En el caos indeterminado de su actuar y reflexionar, vamos observando escena tras escena a un Hamlet que va creciendo y conformándose a través de los sucesos que recaen sobre él; su profundidad cada vez se nos hace más y más incomprensible, de hecho, parafraseando a T.S. Eliot, estas palabras no son sino otra forma de fracasar ante Hamlet. Pero no por eso debemos dejar de notar que su complejidad viene de ser un intelecto expuesto a la vida, un ideal que se ve enfrentado al ser del mundo, con toda su crueldad y con toda su evidencia. Que Hamlet es demasiado Hamlet, más allá del mero cliché, nos invita a contemplar al hombre puesto como centro y génesis de su existencia y de su voluntad. Nos invita más que mal, a ver que Shakespeare logró reflejar que la vida hace Hamlets de nosotros.



El ánimo que mueve a la personalidad

“It would be absurdly injust to call Hamlet
a study of melancholy, but it contains such a study
”

A.C. Bradley

Si deseamos asir el carácter de Hamlet, su inquieta personalidad, considero prudente acercarse al ánimo desde el cual esta se despliega. Esa condición que advertíamos anteriormente es una de las claves para comprender la angustia y la retórica que ácidamente maneja nuestro personaje. La melancolía revuelve su espíritu y es advertida desde su primera aparición; además también es notada y hasta comentada por los demás personajes, al grado de ser mencionada en tres ocasiones distintas[8]. Así profundizaré en este aspecto desde la ideas existentes en la época de Shakespeare hasta algunas visiones que Freud entrega sobre la “enfermedad de los genios” para la modernidad y de esta forma continuar el esbozo de la personalidad hamletiana.
Desde su aparición en la corte, al comienzo de la obra, su protgonista experimenta una sensación que nos parece completamente ajena a la serenidad que se vive dentro de palacio. Es cierto que se ha divisado un espectro en las líneas de defensa que puede ser del fallecido rey, pero esta situación no es conocida por su hermano y quienes lo rodean. Claudio se nos muestra como un rey preocupado no sólo por el amor de su Gertrudis, sino también por los problemas que afecta tanto a Dinamarca como a sus más leales servidores. Sin conocer la verdad, la figura de Claudio puede ser completamente reivindicada como la de un gran monarca y amante, y la de Hamlet la de un ser gris y atormentado por el pasado y ajeno al presente. En su interior y proyectándose hacia los otros, Hamlet vive una verdadera muerte-en-vida, pues no sólo los antiguos valores han desaparecido, sino que algo no calza entre su visión del mundo y los nuevos sucesos; apesadumbrado, y luego siendo portador de la verdad, se convierte, como bien lo ha llamado Wilson Knight, en un “embajador de la muerte”:

“Though the idea of dead is recurrent through the play (…) Except for the original murder of Hamlet’s father, the Hamlet universe is one of the healthy and robust life, good-nature, humour, romantic strength, and welfare: against this background is the figure of Hamlet pale with the consciousness of death. He is the ambassador of death walking amid life”[9].

A tientas por la vida, Hamlet ha sido poseído por la melancolía. Y por qué no decir que esta melancolía es un disfraz de la muerte, y sobre el tablón de la vida –como personaje o condenado- el príncipe es sometido por su creador al ahondamiento o ensimismamiento en su condición, despreciando por completo su exterior como putrefacto, al tiempo que se dona a sí mismo la misión de remendarlo.
Hoy ya es conocido que Shakespeare para configurar la personalidad de Hamlet recurrió a un tratado sobre la melancolía muy conocido en la época, y que fue parte de una serie de intentos pseudo-científicos por dar respuesta a esta enfermedad de la mente, y que finalizaron en la mítica Anatomía de la Melancolía de Robert Burton. A Treatise of Melancholie es la obra de Timothy Bright en la que Shakespeare fijó los parámetros de su doliente príncipe. En ella podemos leer algunas notas que no nos pueden dejarnos indiferentes:

Las perturbaciones de la melancolía son la mayoría de las veces tristeza y miedo, y de estás surgen algunas como: recelo, duda, inseguridad, o desesperación, algunas veces furiosa y algunas veces alegre en apariencia, a través de una forma sardónica, y falsa risa, diversidades estas según la disposición del humor. (…)Ésta en mayor parte está establecido en el bazo, y con sus vapores perturba el corazón subiendo hacia el cerebro, proyectando terribles objetos a la fantasía, y contaminando ambas sustancias, y espíritus del cerebro, sin causarle síntomas externos, forjando ficciones monstruosas, terribles de concebir, las cuales el juicio toma como se presentan por el desordenado instrumento, entregadas luego a nuestro corazón, el cual no tiene juicio de discreción con él mismo, y dando crédito al error reportado por el cerebro, dejando libre dentro a esta desordenada pasión contra la razón[10].

Realmente asistimos a una descripción exacta del ánimo de Hamlet. El recelo, la duda, la inseguridad o desesperación son parte de sus monólogos y de su trato con Horacio, su fiel escucha. La ironía es lejos la actitud más evidente en sus diálogos y que podemos ver concretada o más realzada en su trato con Polonio. Y no hay mayor detalle de la esencia del personaje que su conflicto entre la razón y la pasión, que es el centro del monólogo del “ser o no ser”, de ese comercio que posee el ser humano entre lo que desea y sus propias limitaciones (y su limitación última que es la muerte). Su filosofía es indefectiblemente la de la muerte contra vida, él contra la corte de Elsinor, pues no olvidemos que gran parte del sentimiento de Hamlet se convierte en una analogía con el estado del mundo exterior. A este respecto podemos afirmarnos en unas palabras de Sigmund Freud de su tratado “Duelo y melancolía” de 1915:

“La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autoreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo”[11].

La personalidad caótica de Hamlet puede limitarnos un poco la observación de Freud –que está basada en el mismo personaje- en el sentido del sentimiento de autosuficiencia aparente que hace de sí desde el principio de la obra. La autodenigración de Hamlet es más palpable en su llamado al suicidio al comienzo o en su furibunda conversación con Ofelia[12] (3:1), pero no logra ser una constante. Lo que si es cierto es que la melancolía provee de una intensificación del yo al ser correlato de la conciencia de la muerte. Hamlet al ser “embajador de la muerte”, al haber presenciado directamente a su padre sufriendo en la sulfúreas fauses del purgatorio, es el punto de irradiación de esa conciencia para toda la obra, al tiempo que ese ahondamiento en sí mismo termina socavando su personalidad hasta el desgaste. Al volver de su “tarea” en Inglaterra hacia el acto V, presenciamos a otro Hamlet, uno paciente y sereno, que cree en una Providencia que diseña el destino y se siente abandonado por completo a los sucesos. La pregunta sobre esta parte de la obra por Bloom es inquietante:

Tal vez Hamlet, en el acto V, trasciende su propio nihilismo; no podemos estar seguros, en esa ambigua matanza que reduce la corte de Elsinore al petimetre Osric, unos pocos extras y el fuereño interno, Horacio. ¿Se despoja Hamlet de todas sus ironías al final?[13]

Es posible, pues una extremada seriedad lo acompaña en el momento del duelo con Laertes. Sin embargo la autodenigración y la ironía no dejan de hermanarse en ser un intento por desnudar la realidad, y más aún con el peso de la muerte en sus hombros y el mandato de un muerto[14]. Es la actitud sardónica digna de un cómico, que nuevamente nos pondría en la encrucijada de entender a Hamlet como un actor de su propia condición. Gran parte de su mordaz retórica –como bien comprende Polonio- posee un alto grado de certeza o más bien de la falta de velos suficientes como para encarar directamente la vida. O en palabras de Klibansky, Panofsky y Saxl:

“El melancólico y el humorista, se nutren de la contradicción metafísica entre lo finito y lo infinito, el tiempo y la eternidad, o como queramos llamarlo. Los dos comparten la característica de obtener a la vez placer y dolor en la conciencia de esa contradicción (…) Así se puede entender que en el hombre moderno el “humor”, con su sentido de la limitación del yo, se desarrollara al lado de esa melancolía que venía siendo el sentimiento de un yo acrecentado”[15]

Aseveración de los tres notables historiadores del arte, que dedicaron gran parte de su intelecto al estudio de la melancolía, que no sólo nos sirven para comprender la ligación entre los distintos tópicos que emanan del sentimiento melancólico, sino también para señalar a Shakespeare como un adelantado a su época y visualizar la figura universal que hoy es. El humor de su personaje es el mismo que el pensamiento de la modernidad esbozara ante el síntoma de la decadencia en las ya cansadas columnas de Occidente. Ironía y melancolía hacen del príncipe un poeta moderno, pero cuyo valor recae en ser un continuo misterio, como aún lo sigue siendo el ser humano.



La tragedia de la personalidad

"Being dead is the unknown X in our sum"
C.S. Lewis


Me gustaría sentenciar algo que sé han sentenciado otros hombres a partir de esta obra; aunque progresivamente se va elucidando esta idea, no creo que sea tan deliberado arrojarla desde un principio para justificarla en su medida y en mis posibilidades. Y es que creo –y puede parecer aterrador- que Hamlet es arte de la muerte; una obra que tiene por motivo adentrarse en las fauces del sentido de la finitud. No me refiero –y en esto me sumo a C.S. Lewis- que esto sea así por la cantidad de cadáveres que podamos ver o imaginarnos en la acción, no estoy hablando de una muerte particularmente física, sino del increíble misterio que ésta representa para la conciencia.
La particularidad del monólogo del “ser o no ser” es la anteposición de la muerte (o el sueño de la muerte) a la reflexión por la existencia. Actuar o no actuar, sobrepasar un mar de tormentos o recibir las pedradas del destino, y antes de cualquier deliberación el límite de nuestra mortalidad. La libertad de todo individuo está sesgada por esa última barrera, luego de la cual nada sabemos.
La presencia del fantasma es, sin lugar a dudas, un shock para Hamlet. Lamentándose, en la flor de sus pecados, el espectro sufre en lo desconocido. Aquel gran monarca yace como un cualquiera, clamando por venganza. De que la muerte nos iguala a todos es algo que sabemos, sea o no que hayamos leído la escena del cementerio. Pero más allá de plantear la obra como sólo la tragedia de la personalidad, está la idea de que esa tragedia no sólo remite a un destino o a los sucesos que le acaecen al personaje, no en el mero sentido griego, sino en un sentido propio de la cristiandad e incluso del nihilismo, que es la pregunta de qué es lo que hay del otro lado de la vida. De qué es lo que nos puede llegar a tocar dependiendo de los actos y las penitencias realizadas en nuestro tiempo, problema que es centro del camino de las almas explicitado por Dante en su Commedia.
Tan importante para Hamlet es la forma de la muerte de Ofelia como el estado en que debe ser sorprendido el rey para acometer la venganza. El que sean descubiertos en pecado define toda su vida eterna, si es que realmente se cree que la hay. La duda escatológica que ensombrece a Hamlet, que se cultiva en su melancolía, es fundamental para comprender la disposición que posee su tristeza, su languidez y la incapacidad de resolver los conflictos, apesadumbrado por la conciencia de la muerte.
Michel de Montaigne llamaba a sus lectores a ser cómplices de la idea de la muerte, de vivir con ella desde la mañana al anochecer, argumentando que esa posibilidad le había avivado la conciencia del tiempo y el valor de existir. Para Hamlet esas son patrañas que más que ayudar acongojan. Si él pudiera se vería libre de esa incertidumbre, pero lo cierto es que ni para sí desea la mejor de las suertes. Ha jurado ante el fantasma cumplir su misión, abandonando cualquier idea anterior, y jurando ante sí mismo que sólo en su pensamiento vivirá la sangre. De si unos u otros deben caer y despedirse del teatro del mundo, es sólo un detalle que no debe entorpecer su acción final.
Abandonado en sí mismo, ajeno a un Dios que lo ampare, debe ser un “libre artista de sí mismo” al decir de Bloom:

“Quedamos convencidos de la realidad superior de Hamlet porque Shakespeare ha hecho a Hamlet más libre haciendo que sepa la verdad, una verdad demasiado intolerable para que la soportemos”[16].

Y es en esa orfebrería de la personalidad, en su constante autocontemplación, en la que la verdad de la muerte se despliega hasta la anulación de sí mismo y de quienes lo rodean. “Desde la úlcera central, la infección se extiende hacia fuera. Toda relación, toda empresa está tocada de enfermedad” nos confirma John Wain. La tragedia de seguir en la existencia a pesar de que todo ideal ha caducado y de no poder labrarse su suerte con un suicidio temiendo que pueda ocurrir después, mantienen a Hamlet entre los dos filos de su discurso: sufriendo y oponiéndose a la realidad.
Víctima y victimario la tragedia es doble, y más aún mediada por un dogma anterior al abandono de la trascendencia. Lo de Hamlet no deja de ser un dilema moral, alimentado por la mordacidad de su melancolía y por la simulación de la locura. El hombre es libre y no puede liberarse de su propia vida porque el pensamiento lo detiene en la reflexión, en el temor a lo desconocido. Hamlet se nos muestra más humano que cualquier otro personaje, al tiempo que despliega su personalidad y la tragedia de esta como una suma de humanidades, siendo una gran variable emocional atormentada por limitación de la muerte.
Recapitulando, debemos entender en nuestro protagonista la idea que da Shakespeare sobre el teatro: “Un espejo hacia la naturaleza”. Frase tomada de Aristóteles y que refiere al arte como mimesis o representación de lo natural, y que a la vez –como hemos planteado a lo largo de este ensayo- es aplicable en el sentido que la obra funciona como un “espejo hacia Hamlet”. Todo refleja en él, al tiempo que irradia nuevas visiones y situaciones. Su personalidad, el centro torcido de la obra, está marcada por la tentativa de adoptar el papel de “Embajador de la muerte”. Tal vez para un primer Hamlet –luego de la visita del fantasma- la solución a la podredumbre del mundo exterior es dar fin al centro de esa deprecación, es decir, a Claudio. Pero a medida que la obra va transcurriendo y que va progresivamente creciendo como personaje, se ciega ante el poder de la verdad revelada creyendo ser capaz de personificar la muerte, sin la pasividad de la guadaña, sino aventando el avance de la muerte entre la palabra y la acción.


* * *

De los pasajes más memorables de la literatura y, que esperamos que sean salvados de las catástrofes venideras, se encuentra la aventura del joven Hamlet sobre el tablón del teatro; un personaje no sólo da concejos para lograr la más alta representación, sino que actúa a otro personaje, en una tautología que nos puede parecer demacradamente cruel con la realidad. Ahondar en una obra dentro de una obra y de un personaje –o como hemos dicho, una “persona hecha de palabras”- actuando en el disfraz de otro, puede a pesar de todo, darnos ciertas claves a la comprensión de la personalidad del Hamlet.
En primer lugar es un personaje abandonado a su suerte en el mundo, acongojado por lo perdido, encolerizado contra el nuevo mundo que ante él toma forma. La melancolía como ánimo central está expuesta en cada uno de los monólogos, es decir, en esos encuentros fortuitos del personaje con su yo interno. El reconocimiento no puede sino ser conflictivo, y en esto debemos pensar, en la admiración evidenciada hacia el joven Fortinbras y luego hacia el vengativo Laertes. Ambos son retratos de su causa, no idénticamente la suya, cosa que valoriza aún más el sentido de individualidad del personaje. Único, en situaciones únicas, quizá semejante a otras, el Hamlet acongojado de la primera parte y el sereno de la última, en su soledad, tienen en común esa pesantez ante la vida, indistintamente de quién o qué traze la línea de su destino.
En segundo lugar el Hamlet actor es también un presentador a sus iguales de la realidad al desnudo. La locura fingida –que a ratos nos conmueve por su veracidad- es el arma para atacar la podredumbre de Dinamarca. No pretende, en el diálogo, ser compasivo con nadie; Ofelia, su madre, su tío, sus amigos, Polonio y Laertes caen en la lista negra de su corazón. Uno a uno –más o menos convencidos de su actuación- van siendo afectados por la inmisericordia y por la atronadora verdad que se va abriendo paso en la obra. Pero finalmente sólo será Horacio quien la posea, la antorcha pasa a sus manos, obviamente ya no con la misma pesadumbre, sino aliviada ante la desaparición de sus protagonistas. Gertrudis muerte sin asimilar la verdad que en un momento –tras la ratonera- su hijo le relató; los súbditos no logran caer en la cuenta de lo sucedido en el acto final, porque logramos suponer que como lectores (como privilegiados espectadores) sólo nosotros, Hamlet, Horacio y el Rey logran advertir el verdadero significado de la Ratonera.
En ambos casos la ironía es un instrumento propio ya sea para desmalezar al mundo o para autoinflingirse fríamente la tarea de embajador. Ironía que puede convertirse en masoquismo del pensamiento (el monólogo del ser o no ser), o sea, en una circularidad enfermiza en el camino de la reflexión. Como ha dicho, preferiría ser rey en una cáscara de nuez, pero son sus sueños y los deberes con las palabras del fantasma de su padre quienes lo desplazan de esa burbuja para volver a ser afectado por la intemperie.
La profundidad de Hamlet y el refugio en su mente no pueden ser sino síntomas de un hombre acabado por las circunstancias. A pesar de sortear su propia muerte, encararla, y volver en el acto V como un personaje otro, entregado a los hilos de la divinidad que generan su suerte, esa creencia en la trascendencia no deja de ser pasiva. Hamlet es un retrato de todos nosotros en nuestras horas de soledad, cuando la vida logra torcer la delgada línea entre lo ideal y lo real, cuando el abandono se siente orfandad y el gusto de los días se vuelve amargo. Ante todo su imagen como la figura del hombre moderno, desprendido de la presencia de lo infinito, sumergido en su propia finitud y en las posibilidades de su razón para responder al mundo. Pero en ese límite, la tristeza más punzante descascara al ser hasta la nada, lo abre al sin sentido de la vida, a la plenipotenciaria verdad de la muerte.





Bibliografía

Shakespeare, William Hamlet, Editorial Universitaria, Santiago, 2000.

Shakespeare, William Hamlet, W.W. Norton & Company, New York, 1992.

Wain, John, El mundo vivo de Shakespere, Editorial Alianza, Madrid, 1964.

Bloom, Harold, Shakespeare: La invención de lo humano, Anagrama, Barcelona, 2002.

Klibansky, Panofsky y Saxl, Saturno y la melancolía, Alianza Editorial, Madrid, 1991.

Bright, Timothy, A Treatise of Melancholie, (1586), Facsimile Text Society, New York, 1940. En [
http://elsinore.ucsc.edu/melancholy/melCauses.html].

Freud, Sigmund, “Duelo y melancolía” en [http://www.herreros.com.ar/melanco/dymfreud.htm#mas]
Notas:

[1] Wain, John El mundo vivo de Shakespere, Editorial Alianza, Madrid, 1964, pág. 184.
[2] Bloom, Harold Shakespeare: La invención de lo humano, Anagrama, Barcelona, 2002, pág. 24.
[3] Op. Cit. El mundo vivo de Shakespere, pág. 179.
[4] Op. Cit. Shakespeare: La invención de lo humano, pág. 24.
[5] Ibidem, pág. 53.
[6] Ibidem, pág. 33.
[7] Op. Cit. El mundo vivo de Shakespere, pág. 185.
[8] El primero en sentenciarlo es Polonio quien presenta al rey su hipótesis sobre la insania del príncipe, señalando que ésta lo ha conducido a la inapetencia, luego al insomnio, al abatimiento y por último a la locura. Más tarde es el mismo Hamlet quien nos corrobora su estado mientras reflexiona sobre la aparición del fantasma:

“El espíritu que he visto puede ser el demonio, pues el demonio tiene los poderes para asumir una forma grata. Si, y tal vez, aprovechándose de mi debilidad y mi melancolía, él, que es tan potente, me engaña para perderme”. (2:2)

Para que finalmente sea el Rey quien dé la última seña de su ánimo: “hay algo en su alma que incuba su melancolía y yo recelo que el fruto que produzca signifique un peligro”. (3:1)

[9] Knight, Wilson “Hamlet Embassy of Death: An Essay on Hamlet” en Shakespeare, William Hamlet, W.W. Norton & Company, New York, 1992, pág. 185.
[10] Bright, Timothy, A Treatise of Melancholie, (1586), Facsimile Text Society, New York, 1940. p.102. En [http://elsinore.ucsc.edu/melancholy/melCauses.html].
[11] Freud, Sigmund “Duelo y melancolía” en [http://www.herreros.com.ar/melanco/dymfreud.htm#mas]
[12] Yo soy medianamente honesto y, sin embargo, podría acusarme de tales cosas que mejor mi madre no me hubiese echado al mundo. Soy orgulloso, vengativo, ambicioso, con más pecados en mi cabeza que pensamientos para expresarlo, imaginación para darles forma o tiempo para ejecutarlos.
[13] Op. Cit. Shakespeare: La invención de lo humano, pág. 26
[14] En palabras de Wilson Knight “It was the devil of the knowledge of death, wich possesses Hamlet and drives him from misery and pain to increasing bitterness, cynicism, murder, and madness (…) It is Hamlet who is right. What he says and thinks of them is true, and there is no fault of logic”.
Op. Cit. “Hamlet Embassy of Death: An Essay on Hamlet” , pág. 190.
[15] Klibansky, Panofsky y Saxl, Saturno y la melancolía, Alianza Editorial, Madrid, 1991, pág. 230.
[16] Op. Cit. Shakespeare: La invención de lo humano, pág. 28.

viernes, diciembre 29, 2006

Carnavales culturales de Valparaíso: La triste realidad.

Carta al Director del Mercurio de Valparaíso

Las palabras suelen quedar grandes ante la evidencia. “Carnaval” o “cultural” más parece ser el apellido de consuelo para un bastardo comité promotor de la vergüenza ajena. De que algo pueda llegar a ser “insuficiente” en nuestro país es un suceso que todos vivimos a diario, pero que una instancia que debiera de poseer el vuelo necesario, para como toda experiencia artística, de sacarnos de la cotidianidad y al tiempo ser la más profunda muestra de lo esencialmente humano –y que termine siendo un hoyo más en el camino u otro puente que se cae- da para sospechar de la calidad y las buenas intenciones de sus organizadores.
Compañerismo, pituto o ineptitud, como quiera llamársele, es la carta de visita para una programación del más bajo nivel, espantosamente planeado y en sus pocos puntos altos insuficiente. Pésima amplificación para Víctor Jara sinfónico o para Los Tres; películas que requerían pases que antes de la repartición se agotaban; conciertos de rock para público limitado (y limitadísimo); recitaciones poéticas que más parecían reuniones de partido; obras de teatro presentadas en ocasión única topándose en el mismo horario; eventos que se repetían incansablemente para rellenar el cronograma.
Algo huele podrido en Valparaíso (desde hace mucho), y emana hoy desde la fanfarria de su ministerio. Mientras un par de editoriales de la región se han preocupado por elevar la poesía porteña –y en especial la joven- como una de las más sobresalientes a nivel nacional, mientras el jazz y el buen rock inundan cada fin de semana las calles, mientras ciertas universidades se han preocupado de la discusión intelectual, mientras las escuelas de cine se instalan en la ciudad ¿De verdad qué pasa por la cabeza de los organizadores? Pues sin duda han logrado sumarse a la dictadura del mal gusto poniendo el raggaeton y el alcohol a destajo como guinda de su torta. Esto lo digo como joven, como estudiante, como actor cultural. Víctor Jara quedó para un coro de borrachos que apenas conocían sus letras.

domingo, noviembre 12, 2006

El rock, Anathema y otras gracias



El médico renacentista Marcilio Ficino recomendaba a sus amigos melancólicos, junto con el seguimiento de estrictas dietas, anteponer al pensamiento los compases del laúd. La música como medio de sanación de tristezas y del decaimiento producido por el estudio de las altas materias, siempre pareció razonable por la alegría y el goce que propinaban al espíritu. Pero cómo podía imaginar nuestro amigo Ficino que algún día la música abandonaría el concepto clásico de armonía, que se elaboraría a partir de máquinas y medios de amplificación, que se podría grabar y conservar en aparatos tan delgados como un cd o tan abstractos como el formato mp3, venciendo de esa manera al tiempo…y más aún qué pensaría de aquella gente que gozaría en reconocer sus tristezas en la música, y gastara su dinero en revivir los estados de animo que llevan a la tan dulce y cruel melancolía.
Es extraño pensar en la evolución del rock. Desde las primeras bandas de blues hasta el último idiota que grito al levantarse por la mañana “¡Viva el rock & roll!”, queda un vacío inmenso y más aún una evolución aceleradísima de un género musical netamente popular. Y no sería nada sin Bach, ni Beetohven, ni Wagner, ni Stravinsky, como al mismo tiempo luego de los Beatles ni el jazz ni lo que hoy llamamos “música docta” volverían a ser lo mismo. Desde que el rock se dio cuenta de que era rock, la historia de la música dio un paso adelante en cuanto a la experimentación más estridente que haya presenciado el ser humano fuera de los laboratorios científicos. Y de ahí hasta hoy tenemos a nuestros nuevos clásicos The Who, Led Zeppelín, Pink Floyd, Jimmi Hendrix, Deep Purple, Queen, hasta nuestra creación más morbosa llamada Radiohead.
Derive a lo que derive el rock jamás se negó a relacionarse con otras artes. Se podría decir que es nuestro paradigma de la promiscuidad. Dio para la ciencia ficción hasta para maldecir los collares de la Reina de Inglaterra, desde el fútbol hasta “Nena yo te amo”, a la poesía más alta gracias a un Bob Dylan, un Leonard Cohen, un Tom Waits o un Spinetta y quién madre se nos haya cruzado para decirnos que finalmente la vida no era sólo rock & roll, que la única verdad que poseemos es la muerte y que hay otros fuera de nosotros que también desean amor y sienten tan carnalmente el dolor.
Sin el rock jamás hubiéramos tenido el privilegio de ver a un John Lennon cubierto por sábanas blancas, acompañado de un extraño humanoide de caracteres orientales, diciéndole al mundo “Haz el amor y no la guerra” o “La guerra terminó si tú lo deseas”; ni hubiéramos visto al extrovertido maniquí de Andy Warhol pintando a Jagger, o a un Jim Morrison en pleno show de Ed Sullivan arremetiendo contra toda la moral puritana norteamericana; ni a los Sex Pistol gritándole a la monarquía “¡Anarquía!”, ni a Ozzy arrancándole la cabeza a una paloma, ni menos a un frenético Allen Ginsberg recitando sus poemas con Sonic Youth de fondo. Finalmente sin rock no hubiéramos tenido un movimiento de contracultura tan popular (y ahí radica su contradicción) y esas ganas tan adolescentes de mostrar la piel y revelarse contra el crucifijo de los padres o al menos contra sus zapatos lustrados junto al velador.
Pero al mismo tiempo no hubiéramos podido experimentar la estridencia de las emociones de forma tan desaforada, rayando lo irracional, dando en la nota misma del alma con sólo cuatro adolescentes tardíos sobre un escenario. Que una guitarra, un bajo, una batería y una voz –y agreguémosle un teclado- nos vinieran a hablar sin grandilocuencia, sin mayor utopía de la realidad misma, de esa palabra tan incómoda para los suicidas: la vida. Y obviamente el rock maduró, al menos una parte de él; dejó por un momento de sacudir las melenas y ocupó la cabeza para pensar, se dejó de los alaridos para sentarse frente al escritorio, y dejó el mercadeo para hacer arte. Si buscamos una banda que cumpla estos requisitos de madurez, aunque no totalmente conquistados, podríamos señalar sin mayores problemas a una pequeña agrupación de treintañeros de Liverpool llamada Anathema.
Anathema más allá de ser una palabra típica de los crucigramas dominicales, adquirió un nuevo sentido a partir de la evolución más que comentada que ha sufrido esta banda en su estilo musical. Son ingleses pero no son Radiohead –aunque a ratos quieran serlo-, ni Coldplay ni aún menos Oasis, ni tampoco tan lelos como Porcupine Tree ni una copia barata de los escoceses de Mogwai. Mucho menos son las sobras de Paradise Lost o My Dynig Bride ni siquiera un resquicio ilegal para imitar a Pink Floyd. Anathema es Anathema como los girasoles son girasoles, y es quizás ella un ejemplo tangible de lo que significa una maduración tanto musical como conceptual, como también de una cierta consecuencia y abolición de los prejuicios que tanto abundan hoy en las sociedades especializadas. Cometemos el error de catalogar cada hecho en carpetas, de identificarlo, de comprobar su rentabilidad y rankearlo y sacarlo al mundo desde esa chapita en la camisa.
Variando desde el death metal a un sonido que roza el post-rock y la música acústica, estos ingleses se han forjado disco a disco, con un pequeño grupo de seguidores de todas las especies, y logrado conmover con su sonido y sus letras en ambos lados del Atlántico. Estar en uno de sus conciertos –como muchos tuvimos recientemente la posibilidad- es casi no oírlos ante esa fascinación que produce su arte en oídos que no pueden ceder sino a la naturalidad y transparencia de su música. En literatura se dice que un poeta es tal cuando al menos tiene unos quince grandes poemas; aunque Anathema no haya superado ampliamente la barrera, nadie puede quedar indemne ante una canción como “A Natural Disaster” o “One last goodbye”.
Personalmente como adepto a su obra, creo que lo más intenso de Anathema es respirar esa tristeza en la que se despliegan muchas de sus canciones y sentir inmediatamente el deleite ante el reconocimiento en notas y palabras, y más aún, el goce mismo de saberse en la existencia, de mantenerse pese a todo y de saber que todavía no hemos sido vencidos, que no todo termina en el dolor. Que a pesar de que muchos se han despedido de nosotros seguimos en pie, y que tenemos alguien que nos muestre la belleza de esas pérdidas en fragmentos delicados de música. Como decía el nobel francés Albert Camus –sin dejar de tropezarse en un lugar común- la misión principal del arte es unir a los hombres.
Pocas bandas han indagado tan profundamente en los matices de la ausencia, la pérdida, el tiempo, los recuerdos, la ira, el infinito y la nada que somos. Un disco como Judgement es el abismo de una despedida, desde el ahondamiento en “Deep” hasta ese cuasi-terror instrumental ante el futuro tan bien titulado como “2000 & Gone”. Como decía el escritor italiano Claudio Magris, nada grafica tan bien el dolor por la pérdida de alguien como la evidencia de que el mundo continua su ritmo, sin nosotros; y eso es perfectamente a lo que atañe su sonido acústico, como compuesto en el borde de una cama o luego de una dosis exagerada de whisky arrojado horizontalmente sobre una alfombra. Así como Eternity comienza con la pregunta por ese otro, un ser angelical, que ha desaparecido en la profundidad de la noche, hasta concluir que ante el manto de estrellas el hombre es simplemente un momento en la eternidad, un estornudo de Dios. Y no es que Anathema nos aterrice directamente en esos problemas, no hacen ni filosofía ni literatura ni música para la academia, es sólo un grupo seres humanos que humildemente, como debiera ser todo artista, comparece ante la realidad, ante la mirada deshabitada de los días, y nos desnuda las palabras en la soledad de las horas.
Jamás lamentaremos haber escuchado “Release”, “Fragile Dreams”, “Eternity part. III”, “Forgotten Hopes” o “Flying”, ni mucho menos observar un atardecer con “Temporary Peace” en los oídos y en las pupilas. Finalmente el soundtrack que nos ofrece Anathema para nuestros días es tan variado, tan profundo y modesto que transfigura o sentencia esos momentos en que nos abismamos al silencioso enigma de la vida o cuando simplemente deseamos botar de una vez por todas el pasado que nos acongoja y angustia, marcar en el calendario aquel buen día para salir. Ya sea que los escuchemos en su faceta más rockera o en un pequeño bar europeo en una sesión acústica, sus canciones mantienen su intensidad primera, su potencial emocional y un vigor único que hace de esa experiencia algo familiar, cálida, donde las personas se miren y se sientan parte de una misma energía. Y es quizás por esto que han logrado superar a gran parte de sus influencias, y también es por esto que quizás siempre sean una banda para público reducido, una invitación, una reunión de dolientes agradecidos, de cómplices encubiertos de la vida.



jueves, agosto 31, 2006

Agua de Arroz

Un caso recobrado
Una lectura al cuento “Agua de Arroz” de Enrique Lihn[1]





Esbozar una respuesta al ejercicio narrativo de Enrique Lihn no puede ser sino un reto, pues salvo contadas reseñas el autor en su siempre valorada mirada autocrítica ha sido el más exigente de sus observadores. Leer sus cuentos con lupa, palabra a palabra, a la manera de un entomólogo, más allá de ser una dicha, significa reconocer a un maestro del idioma, del género y a un verdadero artista. Su capacidad imaginativa y discursiva se unen al son de un solo compás vital y meditativo en la propia sospecha ante el mensaje elaborado.
Enrique Lihn es un narrador que duda sobre su propio relato, que se da el tiempo y el espacio para ironizar sus propios modos y la función referencial del lenguaje, pero que en su continuidad define una voz única de contradicciones y de silencios entrecortados en el reconocimiento con los personajes. Y este ensayo no pretende sino dar ciertas salvedades sobre su cuentística a partir de una de sus obras mayores e injustamente postergada: “Agua de Arroz”.
Para acotar en pocas palabras la descripción de la situación que envuelve al relato, podríamos decir que es la historia de un hombre que visita a su hija de meses tras el divorcio con su mujer. Situación que cada vez se nos hace más común en nuestra época, pero que Lihn desarrolla magistralmente a través de distintos tópicos y metáforas a la hora de tratar escenas que son a todas luces fundamentales tanto para el relato como para cualquier ser humano que las haya experimentado.
Desde las primeras líneas del cuento el narrador nos pone en una situación especial, acelerada, activa. Un hombre sube las escaleras hasta llegar a la puerta indicada en un borrador que sostiene en sus manos; la descripción de la escena en estos primeros párrafos es digna de una novela policial y el mismo narrador nos lo dice ironizando esta cercanía primera con el género por excelencia de tratamiento de “personaje”: “La abrió por último como si fuera la suya una visita policial: allanamiento. Se sentía su propio detective privado en plena actividad vergonzante”. Este hombre que desde las primeras líneas parece estar a destiempo[2] y fuera de lugar[3] con el pasar de las líneas se nos presenta como un poeta, o peor aún, como un bohemio que en ese domingo único antepone todo problema pasado con su mujer para encontrarse con una criatura que apenas lo reconoce. Pero en el momento de su llegada (las 11:30 de la mañana) decide, sin dar pie atrás, usar las llaves de ese antiguo cuarto de concentración de problemas maritales, al paralelo que del otro lado, como si una ciudad semejante se desdoblace en idéntico ejercicio, su ex mujer lo espera para darle las indicaciones necesarias al cuidado del bebé. Situación en la que ambos personajes parecen evadirse en monosílabos abruptos o pronombres personales que nada dicen de ellos mismos, pero que el narrador instrumentaliza para ironizar sin pudor alguno las trabas de comunicación de dos sujetos distanciados o la insuficiencia misma del lenguaje[4].
Lo cierto es que el relato se divide en dos binomios centrales, primero el encuentro mínimo y apagado del infortunado matrimonio, y segundo el reconocimiento y la incertidumbre del padre ante su hijo. De la primera relación establecida, en un acto de maestría literaria Lihn establece una contraposición interesante entre esos dos seres abandonados a su propia suerte en aquella situación de nada. La llegada al departamento de ella ya significa una ruptura entre ambos, pues en un simple número de metal, fijo y definido sobre la puerta se pone en paralelo la soltura, la liviandad y la precariedad del número que el hombre trae en sus manos, hecho que no es para nada irrelevante al describirnos los personajes psicológicamente a partir de ciertos signos de su cotidianidad, es decir, a partir de ciertos objetos o señas que perviven con ellos. Por ejemplo el que ella le haya dejado un escrito con las instrucciones rigurosamente diseñadas, con letra imprenta, espaciando líneas y subrayando una o más veces ciertos puntos y que él por su lado –ya en la segunda parte del relato- en un instante de pura intimidad saque a corregir “uno de esos poemas suyos que nacían muertos, en los que todas las palabras, trabajosamente ensartadas en un hilo de araña, se desprendían por fin, unas de otras, para mostrarse en su miserable abundancia”. Ironización también del hecho de que él sea un creador y que en su angustia no fuera capaz de compatibilizar el nacimiento de un bebé con su labor creadora, y que sea la mujer, en su dedicación absoluta, la que posea en un mínimo apunte el orden que él desea tanto para su vida como para su obra. Personajes ambos de de un viejo folletín y puestos ya en su merecida libertad, la valorización que hace el narrador de la palabra escrita no finaliza en la mera comparación de “usos” que cada uno da a aquel acto, sino que se complementa en el hecho de que ante la ineficacia del lenguaje oral la escritura haya sido determinante en la vida de esta pareja, al ser notas aisladas las que pusieran el punto final a su historia de desagravios[5].
Sin embargo en este duro re-encuentro de domingo por la mañana las palabras y las frases parecen ir y venir como flechas dirigidas a las más profundas heridas que ha dejado la agotada relación; el que ella acentúe antes de salir corriendo -como “si se hubiera declarado un incendio o temblara”- para decididamente “ofenderlo con franqueza” diciéndole “hay vino, una botella en la cocina. Y un poco de pisco si usted quiere”, más allá de la referencia al alcoholismo del protagonista, es y el mismo narrador lo remarca “la asiduidad de un amigo a la casa”; la constatación de que ella recrea su vida con otra persona y que él sea remplazado en su soledad propia.
Una última contraposición entre ambos que he detectado es el hecho del orden monástico que ella mantiene en su departamento[6], que difiere a cabalidad del “caos a su imagen y semejanza” que él despliega al momento de realizar cualquier acto, ya sea la búsqueda de los zapatitos de la niña o el hecho de prepararle el alimento y quebrar un plato que le grita en la cara “¡Estúpido!”. Bien dice Lihn en estas líneas: “A los hombres hay que conocerlos en la intimidad de sus debilidades”.
La relación entre ambos personajes nos recuerda sin lugar a dudas los últimos versos del poema “Recuerdos de Matrimonio” de “La pieza oscura”:

Se nos hacía tarde.
Se hacía tarde en todo.
Para siempre.

Que ambos se desenvuelvan en una densidad tal que pareciera que actuaran como si estuvieran incertos en un acuario y que el mismo narrador lo remarque al comienzo del cuento señalando a Norma como “su mujer” es de una dureza hiriente y catastrófica que se traduce en la utilización de ciertos modales o pronombre personales a la hora de interactuar o de dejar unas cuantas cosas claras antes de la despedida.

*

Dentro del relato se viven tres domingos dentro de uno que es temporal y nominal. Por un lado nuestro personaje, como todo bohemio, reconoce en el domingo un estado inmemorial, posterior a la resaca. Pero este domingo es único, es la superposición de un deber ante su irreconciliable estar en el mundo; es el día en que debe reconocer su creación luego de unos cuantos meses de dejación. A pesar del ofrecimiento de ella, él ya venía con ciertas cuotas cumplidas de alcohol y con un sueño de meses. Un cansancio ante la vida, con una dificultad incalculable para entender el mundo y captarlo.
Norma vive su domingo como la única posibilidad de alejarse de los deberes y de entregarse a la posibilidad de vida que le dan esas cuantas horas. Obviamente el espectáculo a su regreso no sería del todo agradable, con el bebé llorando y su ex esposo ebrio tirado sobre el piso, balbuciendo desmedidos desdenes a voces falsas, propinándole golpes al destino. Y el de la bebé era más bien un domingo eterno: “Como si las guaguas no vegetaran delicadamente en un perpetuo domingo innominado, inmemorial, irrecuperable”. Pero un domingo en donde una figura extranjera colmaba la ausencia de la costumbre; su creador asistía a un domingo para nunca jamás, donde este poeta iba perdiendo poco a poco el miedo ante la presencia de ese misterio que lo buscaba con la vista, en toda su debilidad, que le mordía el dedo y en el que ambos –en una versión libre del fresco de la Capilla Sixtina- se sentían hasta casi desconocerse. Aquel gigante que se asomaba ante su cuna, se zambullía en esa edad de pájaros, quizás en un intento por recuperar ese lenguaje primero, por intentar reconocer que al menos ella había heredado el hábito de la sorpresa. Y quizás en esas páginas, en ese juego definitivo entre ambos, girando a través de la habitación, deslumbramos, en ese domingo innominado, un asomo de esperanza –“Todavía era capaz de formular un verdadero deseo”-, la posibilidad de que su vida no fuera completamente en vano[7]…de ese hermoso reconocimiento en el que Lihn nos ha brindado unas líneas sencillamente notables:

“Con la niña en brazos recorría kilómetros en redondo. Y hasta cierto punto tenía la impresión de que no llegaban a ninguna parte, huyendo de quién sabe qué. O aventurándose en otro planeta, baldío. A su paso rondaban objetos familiares por el suelo, las cosas perdían algo de su utilidad y empezaban a servir de una vida propia, inservible, como la suya”.

Y entonces “Agua de Arroz, doscientos gramos”. Este caldo de arroz se le conoce por su propiedad como antidiarreico, al ser rico en fibra lo que facilita en tránsito intestinal. Para el cuento, yendo más allá de ser casi un requisito en un relato donde se mencione un bebé, es “el terreno firme de la realidad” para el personaje, el momento del deber, de escapar de su mundo imaginario predispuesto a la creación y al del juego que acababa de establecer con su hija. Asolando ese momento de pleno situamiento en la realidad, de lo rutinario y necesario[8], “la continua proximidad del abismo, nuestra única certidumbre” cerca esos contados minutos de una lógica invariable y funcional. A pesar que esa única certidumbre sea el humus de toda creación, de esa interiorización necesaria con las cosas en la búsqueda de una verdad del todo vergonzante, es simplemente un estado interrumpido entre la estridencia de la realidad, de la cancioncilla que murmuran los deberes del mundo moderno y de siempre. El creador se debate en esos estados de profunda ensoñación o de lúcida vigilia rodeados de ese absurdo cada vez más patente.
*

Quizás Lihn, como mencioné al principio de este ensayo, fue el que mejor definió la composición de su propia obra, en no más de un párrafo, en la certeza de que esas sutiles palabras no cayeran en descrédito e iluminaran de manera inteligente no sólo el relato mismo sino que su comprensión:

“El texto era de una oficiosidad tan exagerada que se lo habría podido leer entre líneas: un documento psicológico. Pero a él lo conmovía otra circunstancia: la tinta de un verde ingrato, ácido, recalcitrante, inagotable, que ella se obstinaba en usar”.

En una crítica del maestro Ricardo Latcham[9] se hace caso a esta alusión y a la complejidad estructural del tratamiento de los personajes nombrándolo como “un estudio psicológico de un fracaso matrimonial”, que de una manera muy proustiana, funciona a través de ese retroceso en el plano de la conciencia a través de la convivencia con ciertos objetos o palabras que aún perviven en la memoria. Un juego de reflejos descrito con una “oficiosidad exagerada”, pero que no sólo nos conmueve por la interpelación hacia ciertos gestos o recuerdos de cada uno de los personajes, sino que por el diálogo con detalles que nos conmueven por su cotidianidad[10], por la narración de un momento que no recordamos en nuestra infancia hasta que no llegamos a vivir la paternidad, por esa carencia humana que nos puede parecer ingrata, ácida, recalcitrante e inagotable como la tinta de un lápiz que se obstina en transcribir los menesteres que posiblemente señalen la senda de un día cualquiera.



[1] Lihn, Enrique. Agua de Arroz. 1ª Edición. Santiago: Ediciones del Litoral, 1964.
[2] “A semejanza de esos ágiles pasajeros que finalmente se resignan a perder el tren”. Pág. 21.
[3] “Los tres primeros pisos del edificio que lo absorbía con un dejo de hostilidad”. Pág. 21.
[4] -“¿Usted?...
En sueños, la identidad de la segunda persona no prueba que sea una tercera. Es menester interrogarla. También en la realidad cuando uno se despierta de una pesadilla…
-Yo…-y por un momento mintió al decirlo, para ganar tiempo.”
[5] “‘Lo sé, lo he visto todo claro anoche, donde esa amiga suya sin la cual usted no puede vivir…’”. Pág. 24.
[6] El hecho que el nombre del personaje femenino sea Norma nos deja claro de entrada ciertas consideraciones sobre su comportamiento ante la realidad.
[7] Yerko Moretic refuerza esta observación en el prólogo a la primera edición: “El final del cuento ofrece una apariencia desesperanzadaza, pero sería una ceguera tomarla al pie de la letra: a lo largo de toda la narración, en el acceso de violencia y hasta en el llanto postrero, afloran innumerables y poderosos gérmenes de afirmación vital, gérmenes que indican que no ha terminado la lucha por mantener la dignidad y alcanzar al fin la esquiva plenitud”.
[8] O como diría Rimbaud: “¡Ay, ascender nuevamente a la vida! Lanzar la mirada sobre nuestras deformidades”.
Rimbaud, Arthur. Una temporada en el infierno/ Iluminaciones. Trad. de Mauro Armiño. España: Editorial Espasa Calpe, 1998. Pág. 83.
[9] Latcham, Ricardo. “Enrique Lihn, ‘Agua de Arroz’”. La Nación 12 de julio de 1964. Pág. 5.
[10] Según Marechal “El ser disuelto en la pluralidad de lo real”.

miércoles, abril 05, 2006

“Conclusiones de la noche”

“Conclusiones de la noche” In Memoriam de John Berryman(1914 – 1972)



Ante la pregunta de si su poesía podría ser catalogada como “confecionalista”, el sabio y siempre irónico John Berryman respondió: “Esa palabra no significa nada. Yo entiendo por confesional (confesionario) aquel lugar donde uno va y habla con un sacerdote. Personalmente no me he confesado desde que tenía doce años”(1). Quizás esa sea una de las mejores definiciones de su poesía: la autocontemplación y el disimulo. Y aunque como críticos o ensayistas estas respuestas nos dejen en el completo vacío, no es del todo inútil entrar a la poesía de un autor desde una suerte inscripción o código. Estos atisbos no nos serán del todo inútiles.
Aunque todo arte haya pecado de ser confecional, el término “confecionalista” se relaciona con un periodo y visión de la poesía que tomó forma efectiva tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Luego de arremetidas épicas en la poesía de habla inglesa y universal como las de Pound, Eliot y Yeats, de ese intento de nombrar por medio de un giro total hacia la tradición la gran crisis de Occidente, y del intento social y comprometido de la poesía de Auden; luego de las vanguardias como el imaginismo (Bunting, Zukofsky, T.L. Hulme) y el objetivismo (William Carlos Williams), la lengua inglesa se vio atravesada por un periodo de renacimiento y afianzamiento que venía madurando desde las voces de Walt Withman, Alfred Tennyson, Robert Browning y Gerald Manley Hopkins. Tras este periodo de luces y tras las ráfagas mortales de la Gran Guerra una serie de poetas vuelven hacia un estado de escepticismo sobre el poder de la palabra y del mismo ser humano. Este ánimo ya se veía reflejado desde los autores ya nombrados, pero encarnó y se propuso como poética en los que llamamos “confecionalistas”, autores como Robert Lowell, Delmore Shwartz, Sylvia Plath, Elizabeth Bishop y John Berryman, sólo por nombrar algunos.
Este sentimiento de inquietud ante el lenguaje, ante su capacidad de nombrar el mundo y la devastación que ocurría a través de la gran revolución técnica del siglo recién pasado, ante la verdadera capacidad del hombre de construir una utopía se hizo patente en Alemania con Paul Celan, en Inglaterra con Philip Larkin y en nuestro país con los visionarios Nicanor Parra y Enrique Lihn. Estos autores de la desconfianza ya tenían su origen en los cambios históricos y filosóficos de Nietzsche y el Círculo de Viena.
La precariedad de la palabra siempre ha sido reflejo de la verdadera precariedad del ser humano, de su perfecta imperfección, de su frontera ante las cosas; la precariedad de la experiencia en un mundo regido por límites impuestos por las mismas palabras, pero más aún, de éstas al servicio del convencimiento de masas como en el discurso populista o totalitario, en la publicidad o en la simplificación máxima de su uso por los medios de comunicación, fue una realidad a la que debieron estar insertos los artesanos de estas al enfrentar los cambios de la modernidad. Pero las Guerras sumaron a esto un gran silencio; el poema tendió a callar, de ir hacia el murmullo o al menos hacia el absurdo; la experiencia de uno de los procesos bélicos más devastadores en la historia, con campos de concentración y armas de destrucción masiva, llevó a muchos a dejar el canto; la vida a pesar de los paraísos prometidos cada vez era más restringida por convenciones sociales o al menos por la alienación que infringían las necesidades políticas y económicas, el hombre se iba desgastando al sumirse en sistemas que deprecaban todas sus posibilidades.
Sitiado en uno de los imperios económicos más fuertes de los últimos doscientos años, John Berryman vivió en carne propia esta constante deshumanización; cuando tenía quince años su padre se suicidó a causa de la Depresión Económica del año 1929. Nunca considerándose un mártir, estudió en Columbia y Cambridge llegando a ser un notable profesor de su lengua en Princeton, Washington, Cincinnati y Minnesota. Escribió uno de los ensayos más lúcidos sobre Shakespeare, al mismo tiempo que una serie de obras poéticas de gran valor como sus “77 Dreamsong’s” (galardonadas con el Premio Pulitzer), “Sonetos” (1967), “Love and Fame” (1970), “Homage to Mistress Bradstreet” (1956) y “Dispossessed” (1948). Gran amigo de Robert Lowell y Dylan Thomas, fue un ferviente defensor de su maestro Ezra Pound cuando este se encontraba internado por orden estatal en Saint Elizabeth. A pesar de esto, por su carácter emocionalmente inestable, su preponderancia al alcohol y de la nunca superada muerte de su padre, Berryman se suicidó a comienzos de 1972 lanzándose desde un puente en Minneapolis; aquí escribió sus últimas líneas:

Too many journeys lie for him ahead,
too many galleys & page-proofs to be read,
he would like to lie down
in your sweet silence, to whom was not denied
the mysterious late excellence which is the crown
of our trials & our last bride.


(Dreamsong 324: An Elegy for W.C.W., the lovely man)



I

A propósito, permítanme una confesión:
¿Por qué Berryman?

Conociendo el limitado material del que dispongo para realizar este trabajo, hemos accedido (junto con mi compañera) a realizar una traducción, seguramente no profesional, pero que al menos nos servirá para algunos acercamientos a la poética del autor. El poema en cuestión es “In Memoriam”, dedicado a su compañero de ruta el poeta escocés Dylan Thomas.
Procedo a este ensayo del inglés:



In Memoriam (1914-1953)

I

Me despedí cinco veces antes del fin
y a pesar de estas precauciones perdí el fin.
Oh, estaba abstraído en el corredor
a quince pies de su cama

donde nadie más merodeaba, ni enfermera, personal o amigo
sólo la más terrible respiración tuvo lugar,
y temblando más cerca por un momento
bajé colapsado hacia la cama

y el silencio –oh, imposible decir cuando.
Alarmado detuve a una enfermera, ella a un doctor
en veinte segundos retiró la plasticina
se inclinó sobre él y se volvió meneando la cabeza

Tubos por todas partes, inútiles contra el coma,
al tercer día su doctor de cabecera
me dijo que rezara por su muerte, tal era el daño cerebral.
Sus talones desnudos sobresalían.

II

Demasiado para su época, un prodigio, nació un día
antes que yo emergiera –
Dylan se volvió engreído y se inflaría
encabritándose y rugiendo

“¡Un poco más –más- de respeto ahí, Berryman!”
Ah, el tenía eso –tanto más que yo,
Lo he adorado por sus intrincadas salidas y cuentos indecentes
casi todos mentira.

Infinito desdén para los ancianos: teníamos veintitrés
pero Yeats, yo lo adoraba y esto a él le divertía,
todo el día preparado para mi té con el Gran Hombre
él tramó embriagarme.

Rebajándome diariamente a pelear por medio penique
Con el Inglés en el asunto. C__ estaría ahí desplomada
por horas, gorda como un bulto. ¡Juro que eso ha cambiado!
Ahora dura en su viudez-

III

Doce años después, sobrio en Seattle
recitó “After many a summer”
tendiendo una gorda mano. Nos estrechamos las manos.
Qué choqueante fue verlo.

Últimamente sus conversaciones, alguien me dijo, giraban en torno al Edén
una y otra vez del Jardín y las flores del Jardín
ni siquiera del Creador, sólo de esa creación
con una radiante voluntad de ir hacia allá.

Me he sentado por veinte años a pensar en esto
en medio de __, y Oh, me siento quieto, quieto
aunque dejé de llorar la misma tarde
del invierno de su partida.

Me garabateó una vez, debe estar en alguna parte,
una nota desde su “Edna Millay cottage” en Laugharme
diciendo que bajara para desarmarnos un rato
y bajar unas cuantas

Oh, bajar unas cuantas, viejo amigo,
y bajar unas cuantas.



El material humano del poema es simplemente impresionante. Repasar la muerte de un amigo, los momentos en que ya no había vuelta atrás, y al mismo tiempo volver al periodo de juventud, los reencuentros y palabras que alguna vez esa persona dejó en nosotros y que se perdieron en los baúles de la memoria. Las causas de la muerte de Thomas por sobredosis de whisky aún no están aclaradas; algunos como Berryman aluden a que fue por negligencia médica, que ante el coma habrían reaccionado suministrándole altas dosis de morfina lo que fue letal para el funcionamiento del sistema nervioso(2).
La misma subjetividad de la poesía considerada “confecionalista” rompe con dos principios fundantes de la nueva poesía norteamericana; el primero de ellos es la despersonalización que fue el gran intento de la poesía objetivista, es decir, de aquella que pretendía mostrar el mundo en su acontecer; el segundo quiebre es el no uso de máscaras, de personae, como encarnación de otra voz y como forma de depurar el lenguaje en su descripción, cuyo mayor exponente fue Pound.
La artesanía demuestra la maestría del poeta. El uso de pies variables, específicamente de yambos, trocaicos y anapestos, y de aliteraciones se suman a la construcción misma de las escenas. Dentro del poema observamos uno de los recursos más utilizados por Berryman y que es la acentuación, recodo que extrae de poetas decimonónicos como Hopkins:

‘A little more –more- respect there, Berryman!’
Ah he had thát, -so far ahead of me,

Con la acentuación logra darle al común uso indicativo de “that” una cierta preponderancia; es decir, carga la emoción en la palabra para aludir a la capacidad de la que era tan cara Thomas, el cuidadoso cultivo del ego. Así también el maestro de la rima interna, sin descuidar el contenido sino que otorgándole un tono musical específico nos dice en un verso digno de Shakespeare:

again & again of the Garden & the Garden’s flowers,

“El arte es también una cuestión de técnica”(3) argumenta Berryman certeramente, y no podría decir menos al haber escrito una obra como “Homage to Mistress Bradstreet” que Lowell llamó “el poema histórico de más recursos de nuestra literatura (norteamericana)”; un largo poema de cincuenta y siete estrofas en el que Berryman dialoga con la primera mujer norteamericana poeta, en un intento de traer al siglo XX la experiencia de una puritana al estilo de vida de los años cincuenta.
Otro recurso propio de su poesía es el constante desdoblamiento de los personajes en la escena. Una forma de “esquivar” y de no sólo entrometer al narrador en los sucesos sino que también al lector. Sobre esto nos dice:

“El poeta queda así simultáneamente excluido e incluido; (…) y no se convierte en él [el personaje central] y el lector confronta un proceso que es a la vez vital y artístico. Un pronombre, evidentemente, puede parecer de importancia ínfima, pero en realidad nos demuestra que ella importa, él importa, ellos importan.”(4)


Esto a partir de “The Ball Poem”, uno de sus primeros trabajos, pero que sin embargo en “In Memoriam” cobra real validez. Alrededor del poema (en inglés) no sabemos a ciencia cierta quién es el que protagoniza cada acto; la confirmación siempre viene unos cuantos versos más abajo, por lo que Berryman se muestra como testigo y a la vez víctima del relato. Así también entendemos que en la parte primera el hablante lírico se define como “highlone” o “abstraído”, una forma de estar suspendido o con la mente en otro lugar, pero eso sólo lo entendemos con claridad unos cuántos versos más abajo cuando dice “I came on the tent collapsed” o “bajé colapsado hacia la cama”, es decir que de la suspensión pasa al pánico y a de ahí recién desciende sobre su amigo, sobre su cuerpo tendido en la cama del hospital. Así también al final si sabemos que Laugharme es el lugar donde vivió y está enterrado Dylan Thomas comprendemos el juego con “down” que como primera acepción da cuenta del hecho de bajar hacia, y en el contexto de “down a many few” es el de bajar unas cuantas copas; deporte preferido por los dos amigos.
Por último me gustaría denotar algunas “confidencias” que se hacen dentro del poema, en especial la de la aparición de Yeats. Berryman en sus primeros años lo adoraba, de hecho llega a decir de él:

“Comencé a escribir versos como un ardiente y trivial discípulo del gran poeta irlandés William Butler Yeats, y espero haber alcanzado algo desde entonces.
(…)
Y a lo largo de varios años de andar a tientas escribí en lo que se podría llamar “estilo de época”, o sea, el estilo anglonorteamericano de la época de 1930, sin contar todavía con una voz propia y aprendiendo principalmente de las formas expresivas ya maduras de Yeats.
(…)
Yeats, de alguna manera, me salvó de la entonces aplastante influencia de Ezra Pound y de T.S. Eliot.
(5)


En la entrevista a la Paris Review, Berryman relata el encuentro con su héroe. Antes de partir al té con el poeta más importante de su tiempo, Berryman y Thomas se encontraban juntos, y es ahí donde el escocés le jugó una mala broma antes de llegar a la reunión. De todas formas Berryman logró llegar y conversar largamente con el anciano sin que este le preguntara por su lugar de procedencia o mayores datos biográficos. En esos días el Gran Hombre (también físicamente) venía recuperándose de una recaída, pero de todas formas aceptó el cigarro que el joven le ofreció; un encuentro que unía dos mundos.

Repito entonces:
¿Por qué Berryman?

Porque sin duda es uno de los grandes maestros de su idioma, y eso puede maravillar a cualquier joven que recién emprende una cruzada contra el suyo.


II

Quisiera situar la experiencia poética de Berryman desde uno de sus contemporáneos. No es esto un mero cruce de textos, sino el intento de nombrar algo que me parece esencial en su poesía y que se hace patente especialmente en las Dreamsong’s. Esto es, la poesía como un diálogo desgarrado.
Dreamsong’s en un largo poema que agrupa en sí una multiplicidad de poemas individuales, que según Berryman “refiere a la turbulencia del mundo moderno, a la memoria y a los deseos en general. (…) El tema lo constituye un personaje llamado Henry, que tiene un Amigo que lo llama ‘señor Bones’”. La exploración psíquica de un personaje –que resulta ser el heterónimo de Berryman- o del poeta en la confesión misma es otro rasgo particular de los llamados poetas “confecionalistas”. Como bien comentaba su autor las Dreamsong’s muestran no sólo el caos de un mundo enmascarado en falsarias paradisíacas, sino que también indaga en el microcosmos del individuo, sus deseos frustrados, su incapacidad de enfrentar la vida por una total negativa de aceptar el absurdo al que ha llegado la civilización. En cuanto a su forma cada poema o confesión de Henry(6) está articulada por tres estrofas de cinco versos, compuestas por pies de 5-5-3-5-5-3, de rima variada y estricta, a la vez que en momentos prescinde de ella. Así en esta épica de la precariedad Berryman juega con las personas, variándolas de la primera a la tercera, o a ratos con autodeclaraciones en segunda persona que resultan ser monólogos encerrados en sí mismos, una abierta herida hacia el lector.
A este punto se refiere su contemporáneo Paul Celan en “El meridiano”(7) texto-discurso que comprende sus reflexiones más importantes sobre poesía, y en especial acerca de la poesía de este tiempo. Sintéticamente Celan entiende el poema escindido en dos polos complementarios: el presente y la presencia. Cada poema tiene su Hoy, su fecha en la que fue inscrito y desde donde mana una herida primera que atraviesa todo decir del poeta. Este presente por lo tanto se caracteriza por contener una experiencia personalísima, un habla desde una soledad. Pero el poema siempre se proyecta hacia una espera, hacia una cosa ajena, hacia lo Otro, lo abierto; es en él donde Eso, lo que acontece, es puesto en libertad desde su misterio y a la vez vuelto hacia las leyes del poema. En la interpelación de eso Otro es donde se produce “el misterio del encuentro”, la razón de que el poema tienda hacia ese otro que está a la escucha de esa “declaración de infinitud de aquello que es pura mortalidad y puro balde”.
Pero es en el diálogo con lo Otro y con los otros en donde el poema de hoy parece ser un diálogo desesperado. Tras la gran crisis de la palabra en nuestra época el poema tiende hacia su enmudecimiento; esto según Celan se entiende por “las dificultades de la selección de palabras, con la caída más rápida de la sintaxis o con el sentido más despierto para la elipsis”. Es aquí donde ocurre el desgarro.
Contextualicémoslo con John Berryman:

Su talento se ha malogrado. Ya no puede escribir.
Que guarde silencio entonces, hasta que las cosas cambien

(Dream Song 310)

En este, uno de sus últimos poemas, observamos una de las crudas realidades del poema contemporáneo. En sí es un monólogo del hablante, una poesía que habla desde su propia imposibilidad de decir, que se pide a sí mismo guardar silencio, pero que por otro lado mantiene las estructuras del Canto. Los pies métricos y las aliteraciones perduran, pero la voz se convierte en un avance hacia el murmullo, o quizás, hacia el tartamudeo. Un poema que muestra su propia muerte como forma expresiva, y que a la vez no pretende un otro (como evidencia de interpelación).
A la vez hay una anulación del poeta como una voz. En la famosa Dream Song 14 (“Life, friends, is boring”) el mismo poeta se mira como un bufón, como un ser que confiesa no tener vida interior, y que como en todas la Dreamsong’s recurre a la literatura como una fuente que devela la total incapacidad de enfrentar la presencia vital de la realidad. El poema calla al no querer cantar lo extraño a él, al no querer hablar de lo que no sea literatura, al mismo tiempo que se confidencia: “La literatura me aburre, la gran literatura”. El poema camina hacia su muerte.
Este es el sutil diálogo desgarrado. Una poesía que niega hasta su fuente, que se muestra desde su aburrimiento e inconformidad con la vida; un poema que habla hacia el vacío total de sentido, hacia la anulación completa de sí misma y de quien la escribe. Una poesía que arroja versos como migas de pan, una senda hacia el total silencio.


Notas
(1)Sitt, Peter A. “The Art of Poetry: John Berryman”, aparecido en “The Paris review”, 1972.
(2)En la entrevista antes citada: “They gave him morphine, wich is contraindicate in cases of alcohol shok. He wouldn’t have lived, anyway, but they killed him. He lay in a coma for five days”.
(3)Berryman, John “Cambios”, en Nemrov, Howard La poesía y los poetas; Editorial Hobbs – Sudamericana S.A, Buenos Aires, pág. 141.
(4)Idem.
(5)Ibidem pág. 136.
(6)Acerca del origen del nombre Henry, Berryman dice en una entrevista “Te diré de donde viene el nombre de Henry. Una vez mi segunda esposa y yo íbamos caminando por una avenida en Minneapolis y decidimos cuáles serían los peores nombres que uno se podría imaginar tanto para hombre como para mujer. Decidimos que Mabel para mujer, y Henry para hombre. Así, de la forma más cariñosa y adorable ella pasó a llamarse Mabel y yo Henry; es así como Henry llegó a existir”. Sobre su diferencia con su heterónimo irónicamente responde: “Henry es parecido a mí, y yo a él; pero por el otro lado yo no soy Henry. Tú sabes, yo pago impuestos; Henry no paga impuestos”.
Plottz, John "An Interview with John Berryman" en In Berryman's Understanding: Reflections on the Poetry of John Berryman. Ed. Harry Thomas. Boston: Northeastern UP, 1988. [http://www.english.uiuc.edu/maps/poets/a_f/berryman/interviews.htm]
(7)Passim Celan, Paul El meridiano; Editorial Intemperie, Santiago, 1997.


Bibliografía

Textos
1.Berryman, John Collected Poems 1931-1971; Farrar Straus Giroux, 1989.
2.Dunkelberger, Rioseco, Roa Vial This be the verse, Edición Bilingue; Be-uve-drais Editores, Santiago, 2003.
3.Nemrov, Howard La poesía y los poetas; Editorial Hobbs – Sudamericana S.A, Buenos Aires, 1972.
4.Celan, Paul El meridiano; Editorial Intemperie, Santiago, 1997.

Páginas Web
1.The Paris Review [www.theparisreview.com]
2.The Academy of American Poets [www.poet.org]
3.Modern American Poetry [www.english.uiuc.edu]
4.Poem Hunter [www.poemhunter.com] (Dreamsong’s casi completas en formato PDF)
5.The American Poems [www.americanpoems.com]

domingo, diciembre 04, 2005

La modernidad y lo moderno en Baudelaire




La Modernidad y lo moderno en Baudelaire




Si pensamos en la palabra “modernidad”, más allá de señalarla como un cliché intelectual, inmediatamente seremos sorprendidos por una avalancha de imágenes grises pobladas por grandes humaredas y por la visión de una sociedad en pleno descubrimiento de la aceleración. Revoluciones políticas y técnicas, migraciones pueblo-ciudad, el nacimiento de la clase obrera, el surgimiento de filosofías totalitarias y del capitalismo, la contingencia a mano de los medios de comunicación masivos, la publicidad y la moda. El mundo se convierte en una gran explanada de contradicciones donde unas ideas subsumen a otras, donde una revolución suple a otra, donde la producción en masa reemplaza lo único y todo cobra el sentido de la rentabilidad.

Quiebres históricos como la Reforma Protestante, la teoría cosmogónica de Galileo, el Descubrimiento de América, la filosofía de Descartes y la Ilustración (sólo por nombrar algunos) abrieron la posibilidad a un mundo que se encontraba frenado por la fe y una forma de pensamiento que no se acomodaba a los cambios sociales. Con la reactivación desde el siglo XV de las rutas marinas se fortalecieron las grandes ciudades comerciales del Mediterráneo y el Atlántico; el intercambio comercial con otras civilizaciones y el descubrimiento de América provocó en Europa una constante capitalización del mundo. La ciudades se reformaron y nuevos sistemas de gobierno fueron necesarios. El liberalismo económico y político, el progresivo desligamiento de su centro judeo-cristiano, la apertura de los márgenes del universo y del planeta ponían al hombre en una posición de conquista, de transformación completa de sí mismo y del cosmos a través de la Razón.

Ya para el siglo XIX se vivía entre tres sentimientos bien encontrados. Por un lado la burguesía y las ciencias veían en este mundo un sentido de progreso hacia nuevas formas del hombre, un sentimiento de victoria del espíritu humano; por otro lado las condiciones de la vida del hombre de este tiempo, del obrero, que no poseía ni derechos en las nacientes industrias, la contaminación y las enfermedades llamaban al hombre común a levantarse contra los poderes burgueses y de la aristocracia y para provocar una verdadera revolución popular; y por último (si es que debemos clasificar tan escuetamente el gran aliento que moviliza la historia) estaba la posición que sentía profundamente la separación del hombre con lo divino, la misma deprecación de la vida urbana y los ineficientes pasos realizados por las guerras civiles, sumándose un abismante escepticismo por el poder de la razón y del progreso.

Siendo de la clase burguesa, detestando a la chusma, pero compadeciéndose de ella, y personificando el vacío de trascendencia que dejaban estos cambios acelerados, Charles Baudelaire fue uno de los primeros artistas en teorizar y llevar el espíritu de la época a la poesía y a la crítica estética. Baudelaire tomó las nuevas formas, las reforzó desde su tradición e hizo de la experiencia artística la vivencia de lo contingente, de lo cambiante y novedoso que ofrecía ese mundo que veía como decadente e infernal.

Su cercanía a lo más oscuro de la época lo sumió en una divergencia que se mantuvo a lo largo de su vida: lo satánico (los placeres que ofrecía la gran ciudad; la desmesura) y lo divino (la salvación y la redención del pecado; el límite impuesto de la moral cristiana). El Paris de su época estaba enfrentado a los cambios radicales de la época. La modernización emprendida por el Barón Haussman encargados por Napoleón III, ponían en marcha una serie de necesidades urgentes de la ciudad; la ampliación de los conductos sanitarios, la construcción de edificios en sincronía con la moda de los tiempos, la edificación de ministerios y otras plazas públicas, y la renovación de parques y calles. Todo esto movió a las grandes familias a emigrar hacia los centros donde el glamour y los beneficios de la industrialización se hacían inmediatos; por otro lado la ciudad Luz vio poblada sus calles de indigentes y expulsados de las propiedades que alguna vez habitaron. El poeta –ya inservible para las inexistentes cortes y para actual utilidad de todo- se vio abandonado en esta mar inmensa y sin orillas, comulgando con vagabundos, músicos ambulantes, gitanos y prostitutas.

Baudelaire vio en todo esto un heroísmo. El mundo moderno tenía su propia épica, sus personajes semidivinos repartidos en todos los extremos de la ciudad. La experiencia de lo nuevo era la batalla de lo cotidiano. El sentimiento del spleen (o hastío) de una civilización que podía tener y producir todo, ante un cansancio por proponer nuevos retos metafísicos, fue el ánimo aplastante que supo nombrar para nuestro tiempo el gran poeta francés . Tal como fue para el siglo XVII y XVIII la vuelta a lo clásico el centro del arte y el pensamiento, para el siglo XIX Baudelaire proponía la encarnación de este temple maldito y creación de un arte a partir de la epopeya de la modernidad:

Sin duda es excelente estudiar a los antiguos maestros para aprender a pintar, pero no puede ser más que un ejercicio superfluo si su finalidad es comprender el carácter de la belleza presente. Los ropajes de Rubens o Veronés no les enseñarán a hacer el muaré antiguo, el satén a la reina, o cualquier otro tejido de nuestras fábricas.

El dandy, aquel aristócrata del espíritu, ese ser que vivía la fugacidad y la eternidad completa desplazada en su tiempo, fue el personaje esencial que mitificó Baudelaire como el verdadero sujeto moderno; el ser espiritual, estoico, sensible a la bellas artes y a la vez frío y calculador: “El hombre rico, ocioso, y que, incluso hastiado, no tiene otra ocupación que correr tras la pista de la felicidad” . Baudelaire convierte al dandy en su arma contra su propia clase, contra la rutinaria vida burguesa y contra el abatimiento de su época. El dandy enfrentaba lo nuevo como un riego, como una experiencia vital.

Así también los espacios que compartían las altas jerarquías políticas y económicas fueron centralizándose y abriéndose a una realidad que no era el ideal pasaje pastoril. La ópera por un lado se convirtió en un recinto donde los iguales y mejores intercambiaban miradas y juicios sobre la sociedad circundante y sobre las nuevas ideas; un recinto semejante a los salones, pero donde ya en su totalidad la burguesía experimentaba la experiencia de su afianzamiento. Por otro lado el café sometió al respetable ante la visión de un mundo lleno de contrastes; la apertura al espacio urbano que significó el café abrió a una realidad evidente e inquietante. Así también ante la nueva vitalidad del mundo urbano, otra temática del heroísmo de la época fue la del amor a última vista; la experiencia del shok como nos dice Walter Benjamín ya era traumante en la aparición de los productos y modas (la presencia del eterno retorno de lo mismo) como una constante novedad, como también lo era con la progresiva aceleración de la información por los nuevos medios de comunicación (el periódico y la aparición de la fotografía); pero en la explanada citadina el ciudadano común y corriente se veía afectado por una sensación mucho más evidente, que es la de la multiplicación y crecimiento demográfico; el encuentro con la masa rompió con la anterior habitualidad de los pequeños pueblos o de las ciudades en formación, ahora el ciudadano pasaba a ser anónimo, y el amor efímero, a última vista; así nos dice Baudelaire en el poema “A una Paseante”:

Un relámpago…¡después la noche! –Fugitiva belleza
De la cual la mirada me ha hecho súbitamente renacer,
¿No te veré más que en la eternidad?

¡En otra parte, bien lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Jamás quizá!
Pues ignoro dónde huiste, tú no sabes dónde voy,
¡oh, a quién habría amado, oh, tú que lo sabías!


La metrópolis no sólo se puebla de viudos, sino también de espacios para la diversión y el placer, para sopesar el spleen. El juego y la bohemia institucionalizada fue el lugar preferido para evadir las tempestades del hastío, como así también la prostitución fue la entrada a las nuevas sensaciones con lo que el dinero podía pagar. Las enfermedades como sabemos comenzaron a abundar, el mismo Baudelaire murió de sífilis, y detrás de toda la fantasía de una ciudad se ocultaba la careta de la muerte.

En esta contradicción el artista moderno debía por principio arremeter con su tiempo, potenciarlo en la obra desde los caracteres básicos del industrialismo a la yuxtaposición de seres, situaciones y de la multiplicación de productos que esta ofrecía. El arte debía ser alegoría, es decir, debía fundir los estados del ánimo con los del paisaje, y todo debía vibrar en una gran de correspondencias con la idea eterna de belleza; ante lo nuevo se contraponía el arquetipo histórico, ante los cambios de la ciudad la encarnación de esa vivencia. Dentro del poeta corrían carros fúnebres, la oscuridad de los cielos era la lápida que pesaba sobre el corazón. En este heroísmo de la modernidad, lo propiamente moderno significaba la identificación de “lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable” nos dice Baudelaire. En esta posibilidad de “extraer lo eterno en lo transitorio”, de extraer la esencia de lo humano ante la ciudad y su masa anónima, los pintores franceses cautelosamente fueron tomando en cuenta las críticas de este gran hombre; si ya Eugéne Delacroix era el amo del símbolo y lo alegórico, Courbet y Monet visulizaron a partir de Baudelaire la intensidad de lo urbano, del nuevo mundo que se cernía sobre ellos.

sábado, diciembre 03, 2005





Arte de una ausencia
Una lectura a “Forma de la ausencia” de Yanis Ritsos



“(…) Es evidente
que el arte de perder no es demasiado difícil de dominar
aunque pueda parecer como (¡Escríbelo!), como un desastre.”

Un arte, de Elizabeth Bishop.


Perder es en sí encontrar el sentido de la vida. Perder nos duele, es un riesgo que nos ofrece el destino y, por lo tanto, es una prueba de vitalidad. La ausencia es la manifestación patente de eso que ha dejado de ser pero que intacto pervive en la memoria. La existencia de las cosas, de los nombres, de los aromas se impregnan en nuestra alma para sopesar el paso del tiempo, para desenmascarar su mortalidad en algo aún más finito e incompleto. Somos una tierra poblada con hitos y monumentos de una despedida. Somos la forma de una ausencia.
Hablar de lo que se ha hecho arena, de lo que nos ha abandonado en la época de la reproductividad técnica, en sociedades en donde cada objeto es capitalizado y reemplazado por su igual, parece ser la mención de una herejía por tanto postergada. El apego a lo único, a lo que se cristalizó como nuestro, en la multiplicidad arrolladora de entes, es la demostración de un apego al pasado, a lo que una vez eso o esa persona significó para nosotros, no es un desatado presente, sino su letargo insondable. La escritura acerca de lo inexistente, de lo ido, es la experiencia del renacer de lo perdido, es tallar una estela, esculpir en el tiempo.
El poeta Yanis Ritsos nos presenta en su obra “Forma de la ausencia” una potente declaración de presencia. Hijo de una Grecia acostumbrada por los siglos al destierro o al sometimiento, el poeta sitúa el tema de la ausencia en el marco de lo cotidiano, dentro de los hogares, donde la falta desborda y ahoga el alma. Al igual que los “Sonetos a Orfeo” de Rainer Maria Rilke, este ciclo de poemas está motivado por la muerte de una niña cercana al autor; ella es el barquito de papel que provee de un acercamiento ontológico al intersticio mismo de la partida de ese alguien, que determina de una manera nostálgica el anhelo mismo por la vida y la culpabilidad de mantenerse en ella.
Es un recorrido a las plazas, cuartos, comedores y patios que esos niños muertos habitaron una vez, siendo el lector testigo –quizás asomado desde una ventana- del sentimiento que se hunde en los padres tras el recuerdo de la inevitable desaparición. Un dolor íntimo y material que persiguió al poeta desde su obra anterior “La urna” (1957-58) y que con gran don logra captar con el máximo de sentido la experiencia del vacío siempre presente.

viernes, diciembre 02, 2005

Algunas tomas de Tridente



Y ahora las sombras están borrachas,
Están borrachas con leche cortada
Con aguardiente de murtillas negras.
Y se comen a los niños recién nacidos,
Porque ahora los niños nacen sin sombra.
Mutan y mutan sobre el oro viejo de las baldosas
Y nace sin sombra. Por esto las sombras les beben la sangre,
Haciéndoles una incisión en sus tiernos cuellos
Con sus afiladas uñas negras.
Así son las noches en el Hades Boite cuando entierran la ardina.
Cuando a la luna llena se le cae
Un poco de polvo de su calva de plata sobre la tierra.



WANTED EDIPO

Sin duda es un mal tipo, un hijo de perra.
Se arrancó los ojos después de que supo
Que su amante era su madre.
Antes le había disparado al viejo que lo engendró
Con una escopeta recortada,
Porque se interpuso entre él y el estante del whisky.
Sobornó a la policía del lugar y reinó abusando del terror.
Pero no mal que dure cien mitos.
Los de su propia tribu lo expulsaron de la aldea.
Sin duda es un mal tipo con muchas carreteras en su haber.
Anda acompañado de sus dos hijas,
Unas lazarillas andrajosas y putangonas,
Que aún conservan el último aliento de la adolescencia y
Que se prostituyen para darle de beber.
Cuando llega a alguna ciudad pregunta
Siempre, como quien averigua si hay un buen lugar
Donde tomar cerveza o un cine donde exhiban películas porno,
Pregunta siempre que llega a algún sitio,
Tanteando el aire, diríase que con miedo a algo no preciso:
¿hay una esfinge por aquí?




CARTA DE EDIPO A AURELIA ENCONTRADA EN LA CABEZA DE UN MISIL,
EN TEBAS, LA ANTICIUDAD


A ti, Aurelia, que te retiraste a tiempo del oficio

¿Recuerdas cuando nos juntábamos a la salida del Metro
Para conspirar contra la tiranía de Tebas, tú y yo?; pero
Eso era antes de la llegada de los peces
Luminosos que rinden culto a un Monje demente;
Ahora nadie se atreve a juntarse a conspirar a la salida del Metro.
Solo mendigos y leprosos
Deambulan al garete bajo las aguas pesadas
Que lamen las márgenes del río;
Abril es abril y el Ganges, el Ganges,
En un mes inmóvil,
Y en los fúnebres urinarios unos cadáveres se reabsorben,
Se succionan la grasa impúdicos
En esos fétidos meaderos públicos,
Pululantes de putas explosivas,
De intocables, y los peces luminosos del Monje, los peores.
Toda la ciudad ahora es tubia e inhóspita,
Tal como debió ser París
En tiempos de Fantomas y Baudelaire,
Pero sin el cisne agónico en el légamo junto al Louvre:
Ebriedad religiosa de las grandes ciudades…
Pero ahora ya nada es ebrio ni religioso,
Ni el cisne harapiento ni los 7 aqualangs
Siguiéndote turbios por las simbolistas veredas baudelerianas;
Sólo un río legamoso y putas algorítmicas,
Descarnadas, holográficas; pero letales.
Nosotros seguimos viajando, mercenarios incógnitos entre tanta Nada,
Asesinos sin sueldo, por Colono y sus fronteras.
Cierto, hemos perdido a algunos.
Tal vez muchos.
Aparentes suicidios.
Dudosos accidentes aéreos.
Sobredosis subliminales de Dios.
Estigmas en la corteza cerebral.
Ahora estoy más solo que nunca, con es soledad inmensa del destierro,
Sólo tengo a mis dos hijas por ojos, por videncia desamparada,
Sueño con mis años de tirano justo,
Pero ya ni los enigmas ni el amour fou son para mí,
Sólo me queda el atroz y bajo consuelo del dipsómano
Y el saloon transparente de las demenciales imágenes.

En colono, la blanca, mirando el horizonte y la frontera de Atenas, USA.




CARTA DE EDIPO A AURELIA HALLADA EN LAS INMEDIACIONES DE LAS RUINAS DEL MANICOMNIO “OPEN DOORS”,
TEBAS, ILLINOIS


A Lila Calderón

¿Cuándo nos va a salir una puta santa para exhibirla en los balcones
Del Palacio de Bellas Artes bajo la lluvia de abril?
¿O un santo que sepa del oficio de las bellas letras?
¿Un Cioran? ¿Un Dios del subsuelo?
¿Quién podría escribir el diálogo de los santos
Con los androides que sueñan con ovejas eléctricas?
¿Un Shakespeare aquejado de oligofrenia en El Peral?
¿Un Dostoievski exiliado en el Hogar de Cristo?
Ejemplares como esos no los dará,
Esta enmohecida tierra,
Ni en siglos, la selección pringosa de las especies,
Ni Darwin ni el Azar barajando los ya ajados naipes del no-Tiempo.
¿Y el monje de los peces esquizofrénicos y alucinados?
Dicen que tienen un lema: “los peces no pueden usar armas”.
Lo tomó de un libro que todos leen y nadie entiende: Valis
De Phillip K. Dick, otro profeta subliminal del siglo XX.
Eso es peligroso. Muy.
No sé por qué esta tarde de aguas pesadas
Me dio por recordarte,
Cuando tú y yo nos juntábamos en la estación del Metro,
En la línea 666, Terminal Cementerio General,
Acechando posibles víctimas impúberes,
Como era antes, cuando tú recién estabas
Aprendiendo el oficio de la carne y yo escribía
Mis primeros sonetos al Demonio.
Tomados de la mano, sin miedo a los mutantes,
A los peces luminosos del Monje,
A los zombies antropófagos.
¿Vamos a ver Blade Runner por décima vez?,
Me proponías a la salida del Metro sin importar
Que yo fuera un androide clandestino
Y lloviera sin pausa sobre el Ganghes y sus pútridos intocables,
Antes de que nos hiciéramos sombras, barro negro,
Fumarolas como humo en tus ojos de puta explosiva,
Como en esa canción de los apócrifos ’60.
Pero tal vez regresen los ’60 y nos volvamos
A juntar en un recodo del Tiempo Varado, a soñar utopías vanas,
Deshojando margaritas radioactivas,
O solo para entrever al unicornio blanco
Galopando entre la niebla húmeda en la húmeda sala
Del derruido cinematógrafo de nuestra memoria.

Tuyo, Edipo, Colono, abril de 6294

lunes, noviembre 14, 2005

Tridente

El mito vuelve a la contra
Una lectura a “Tridente” de Tomás Harris




“¡Te necesitamos, Edipo, amor mío!
¡Sálvanos al menos de esta turbia transparencia!”



Tomás Harris nos presenta uno de los libros más interesantes de los últimos años, una poesía que no gana sino por su total fracaso. Una serie de arquetipos literarios son puestos en escena en contrapunto con las mil y una citas de la cultura pop, el cine, la pintura y el paisaje urbano en una época que irónicamente pretende ser futurista, y que no es más que el reflejo de una radiactiva contemporaneidad.
La poética de Harris pierde el control de sus citas invitando más al desarrollo de una prosa en verso, de una épica forzada a la cadencia del verso libre, y que como la “Araucana” busca a través de ese mismo límite relatar el descubrimiento de un mundo nuevo, de una selva cada vez más amenazante. En este mar sin orillas se entrecruzan como una serie de hipervínculos personajes como Edipo de Sófocles, Aurelia de Gerard de Nerval, los paisajes parisienses de Charles Baudelaire, las películas de David Lynch, la ciencia-ficción de Phillip Dick, la caída de las utopías y la presencia de un imperio invisible que reina a través de la angustia y el terror sobre el mundo. Su fracaso está en su total desarmonía, en su total incapacidad poética, en la construcción de un gran guión que triunfa desde fuera del texto.
En este paisaje de Blade Runner, Edipo, símbolo del poeta, es el ciego expulsado de la polis que cumple con su destino de asesino del padre, Rey y fundamento del espíritu cívico, y conductor del suicidio de su propia madre, la que le ha dado las dos hijas que lo acompañan en su destierro. Historia del arte contemporáneo, de una videncia que ante la crisis de la gran Esfinge (el pensamiento de la duda metódica, de la Razón) alcanza en versos de Jean Paul a mencionar el definitivo “¡Dios ha muerto!”, el consecuente parricidio, la apertura del abismo, los gritos de la Santa. La traición de la vida misma en este terrible desengaño lleva a la autoeliminación, la expulsión, el eterno errar con las hijas prostitutas, que como las palabras en este tiempo de miseria, se acuestan con cualquiera en la impersonalidad del discurso del convencimiento, tan practicado por los medios de comunicación, la política de masas y la publicidad.
La conexión con Nerval por tanto no es gratuita; la búsqueda –quizás menos tormentosa- de Harris es la misma que la del príncipe de Aquitania, que la de ese atormentado poeta francés del siglo XIX en su odisea metafísica. Esta exploración al fondo de la noche es la escritura del nombre definitivo: Aurelia. Ella, como la poesía, escapa al decir del poeta; “Tridente” es por tanto la total desesperanza del poeta, la relación epistolar de este con la Beatricce de un mundo agobiado: cartas antes de la muerte. Vaticinio de un mito que se sabe postergado, que no soporta tanto absurdo, tanta lucha perdida contra la corte de Tebas, y que clama por un nuevo Shakespeare, un Cioran o un Dostoiveisky que restablezca el dialogo entre el aedo –el ciudadano del recuerdo- y los androides hombres-hormiga que empantanan el río de la voluntad.
Este amor pasional de distancias resiste a un mundo donde “nada es ebrio ni religioso”, donde los enemigos son las “sectas literarias” o las religiones ciegas, primitivas, que no dan respuesta a tanto abismo, a tanta anti-ética, a tanta antropofagia. El amor aquí como en Baudelaire y como la teorización hecha de este por Walter Benjamín se tranza en miradas, en últimas vistas, en una urbe habitada por viudos donde los poetas se echan a morir (Omar Cáceres QEPD).
La maquinaria del antideseo es la que gobierna este Todo del cual nadie escapa. Las relaciones humanas desaparecen en el horizonte sórdido de concreto, y en el cual el mandamiento obligatorio es “vigilar por vigilar”. Los individuos se convierten en despojados cuadros de Hopper, donde no hay casa de buena piedra y donde cada uno se conforma con un espejo convexo o un holograma para sobrepasar tanta soledad. Al contrario de Píndaro aquí se canta lo repugnante por la misma repugnancia que ofrece el mundo. Sin embargo, ante tal desolación queda la desatada intimidad, un diálogo de cuerpos, el encuentro con otro.
En indefinidas cuentas “Tridente” es una sonda al Santiago y al Planeta Tierra de este siglo XXI, un poema a la vez lanzado hacia el futuro y hacia la misma boca del poeta. Metepoética desarrollada en un tiempo de anarcas como en Eusmewil de Ernst Jünger, pero confecionalista, lírica y dolida como una Safo, un Lihn o un Berryman. Contra-épica para una época sin héroes ni anti-héroes, para seres humanos cansados de luchar, de decir o silbar en el bosque de esta Noche.

lunes, octubre 10, 2005

Borges: Los ríos secretos e inmemoriales

Para Borges el universo es un gran libro verde de eternidad, un espacio que nunca se terminará de reescribir, en donde el anonimato es un efecto de su perpetuidad. En este texto los escribidores son donantes de tiempo, cuya misión según la poética borgiana, es la de revelar la realidad como el mismo espejo. En este entrecruzarse de escrituras participan todas las épocas en un mismo tiempo escritural; la biblioteca y el laberinto como figuraciones de este entretejido infinito, dan cuenta de esa experiencia incesante, de manos inagotables, de ese “algo o alguien que escribe esta infinita algarabía que es la historia del mundo”.
En su voz confluyen la espada de Beowulf, Buenos Aires, Ulises, Francisco Laprida, Ugolino, Alonso Quijano y el general Quiroga. Las temáticas se abren a medida que se abren los anaqueles o el recuerdo que avisa en su ceguera. Ningún personaje es menor que otro, todos forman parte de esta inmensa red de muros interminables, que fue tan bien graficada en su cuento “La Biblioteca de Babel” de Ficciones.
La despersonalización le permite a Borges ampliar el canon y depurar la expresión, entrar en la máscara y en la historia del gran libro; pero en cada uno de sus personajes notamos elementos comunes, ya sea el canto por una gloria perdida, el recordatorio de los “días que fueron de otros, los ajenos y antiguos”, la ceguera y la lectura de lo real a través la duplicidad entre lo perceptible y su reflejo, el sueño, la muerte y la noche. Así conviven estos en un río en el que vuelven a correr las mismas aguas, como en el poema “La Noche Cíclica”, en donde la poesía se convierte en esa acción de asir lo cambiante otorgándole una forma, una línea, un comentario a pie de página.
El registro de Borges es la patria del Libro. La Biblioteca, el espacio del recuerdo y del titubeo al que lo tiene relegado su ceguera; en esta cumple la misión de Guardián, de uno más que realiza la imposible tarea de catalogar y rearmar el universo. Aquí no importa quién es, si es un yo plural o sólo una sombra, pues el arte del protector de las escrituras es similar al del escritor, fundidor de lo sempiterno; como nos dice en el “Otro poema de los dones”:

…Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas
Y no llegará jamás al último verso
Y varía según los hombres,…


Así este confidente del cosmos, minotauro del laberinto del lenguaje, es uno y todos, es la gran paráfrasis, polvo de estrellas que es Withman o Snorri Sturluson, Dante o Stevenson. Borges es un olvido de un verso de Verlaine, pero que es otro y el mismo, el diálogo interminable, el íntimo cuchillo en la garganta.

viernes, septiembre 16, 2005

Alfred Stieglitz (1864-1946)

Hace apenas días encontré en la biblioteca de la universidad un libro con fotografías de este pionero alemán. Fue uno de los primeros en realizar juegos de luces, rompiendo la barrera técnica de la época. Creó revistas, grupos de trabajo, galerías, y logró que la fotografía fuera considerada más que una rareza científica, un medio de expresión artístico.
Dejo con ustedes algunos de los trabajos que consideré más notables.